Hacía tiempo que los especialistas en hacer pronósticos no se desfasaban tanto.
Y es que pocos días atrás, cuando fueron hechos los sondeos entre los analistas con respecto al crecimiento de la economía colombiana en el tercer trimestre del 2012 frente al mismo lapso del año pasado, las apuestas oscilaron alrededor del 3,9 por ciento.
Por eso, después de que el Dane informó que el resultado había sido de 2,1 por ciento, los gestos de desconcierto no se hicieron esperar. Incluso la bolsa salió golpeada por la noticia, al registrar un descenso del 0,55 por ciento en el índice del mercado.
Las causas de lo ocurrido son evidentes.
No solo la industria va mal, sino que el comercio y el transporte han perdido impulso.
Además, y a pesar de un leve repunte, el ramo agropecuario sigue sin salir de su marasmo, así el café vaya un poco mejor que antes.
En el balance, lo más destacable desde lo positivo es la fortaleza relativa del sector financiero, aunque se encuentra lejos de llegar a números espectaculares.
Pero, sin duda, las preguntas más frecuentes se dirigen a la suerte de dos locomotoras clave.
En el caso de la minería, resultó inquietante el frenazo visto entre julio y septiembre, pues la producción de petróleo apenas subió, mientras que la de carbón descendió en un 7 por ciento.
Al respecto, es claro que nadie tuvo en cuenta el efecto combinado de la intensificación de los ataques guerrilleros contra la infraestructura de oleoductos antes de que comenzaran los diálogos con las Farc, como tampoco el golpe que significó la huelga de Fenoco, que obligó a la parálisis de varias minas en el Cesar.
En cambio, en lo que tiene que ver con la construcción, las señales no eran buenas.
En la actividad edificadora hay un notorio desánimo, impulsado por lo que sucede en Bogotá, en donde la administración distrital viene estrangulando los proyectos que se presentan. La contracción registrada ha influido además sobre el empleo y, por ende, en el comportamiento de la demanda.
Y en lo que hace a obras civiles, el parte también es preocupante, ya que tanto a nivel municipal como nacional las obras anunciadas nada que comienzan.
Sin embargo, así como hay que registrar el desánimo creado por el reporte de ayer –que llevó a muchos a recortar las proyecciones relativas al Producto Interno Bruto del 2012 al 4 por ciento– tampoco hay que entrar en pánico.
Y es que no solo la normalización en el área de petróleo y minería es tangible, sino que los giros hechos por las entidades públicas a los constructores van a influir sobre el cierre del año.
Dicho lo anterior, es indudable que el equipo económico tiene que tomarle con mayor frecuencia el pulso a la economía para así tomar correctivos a tiempo.
Por ejemplo, sigue pendiente la asignatura de poner en marcha una política industrial que reconozca el declive en la actividad manufacturera e identifique acciones puntuales, como la solución a los cuellos de botella logísticos o la toma de decisiones con respecto a casos de competencia desleal.
No menos urgente es el asunto de la ejecución del gasto público.
Es realmente preocupante que la demora en los giros en la mayoría de las entidades estatales siga siendo la norma y no la excepción, lo cual exige mejores sistemas de monitoreo, pues de poco sirve tener el dinero congelado en las cuentas gubernamentales en el Banco de la República.
Dicha admonición es extensiva a las regalías, por cuenta de un nuevo sistema que hace difícil su giro y que debe marchar bien más temprano que tarde.
A su favor, el Ejecutivo tiene la fortuna de contar con fondos disponibles.
También está la disminución de los costos laborales que viene con la reforma tributaria, la cual servirá para preservar el empleo. Aun así no se pueden desconocer las señales de alerta en un país que crece por encima del promedio regional, pero que necesita que funcionen más motores para remontar la corriente en contra.
Ricardo Ávila Pinto