El cumpleaños, formalmente hablando, fue el domingo pasado, pero la verdadera celebración tendrá lugar hoy, cuando en Bogotá se conmemoren los primeros 10 años de existencia de la Bolsa de Valores de Colombia (BVC). Aunque un aniversario tan corto a primera vista no resulta tan especial, la verdad es que la historia es más larga y bien merece una reflexión.
A la hora de la verdad, la fiesta tiene que ver con el triunfo de un esquema que comenzó en 1929, momento en que empezó a funcionar la Bolsa de Bogotá. Décadas después, en 1961, el turno sería para Medellín, mientras que en 1983 inició operaciones el mercado de Cali, bajo el nombre de Bolsa de Occidente.
Sin embargo, lo lógico era que todas estuvieran bajo un solo paraguas, por lo cual la BVC vio la luz en el 2001, cuando apenas el país empezaba a salir de la crisis económica más fuerte de su historia reciente.
Desde entonces, el cambio ha sido vertiginoso. No sólo el volumen de transacciones ha crecido en forma notable, sino que también lo han hecho los procedimientos internos, al igual que las garantías que tienen tanto las personas naturales como los inversionistas institucionales.
Debido a ello, las épocas del ‘corro’ en el cual un puñado de comisionistas ‘cantaba’ las operaciones a viva voz han quedado atrás.
La tiza que servía para escribir en grandes pizarrones fue reemplazada hace tiempo por las pantallas de computador que reflejan miles de negociaciones por minuto.
Así, hoy en día las transacciones se llevan a cabo en forma electrónica y los métodos de compensación de títulos y dinero están a la altura de los más modernos del mundo. Como si eso no fuera poco, existen entidades independientes encargadas de guardar papeles físicos, al igual que procedimientos e instituciones para garantizar la transparencia y, si es el caso, sancionar eventuales abusos.
En términos generales, hay un amplio mercado de títulos de renta fija, aparte de uno de renta variable, otro de derivados y uno más de productos energéticos
Las cifras son contundentes. De los 10 millones de pesos transados hace nueve décadas, las negociaciones saltaron a 2.274 billones en el 2010. Dentro de ese total, tres cuartas partes estuvieron representadas en bonos del Tesoro emitidos por el Gobierno, pero las compras de acciones ascendieron a 53,5 billones de pesos, que equivalen a 151.254 millones diarios. A su vez, 35 empresas colocaron 13,8 billones de pesos de deuda primaria, con plazos que en algunos casos superaron los cinco años.
Como resultado de esa dinámica, la plaza colombiana es la cuarta más grande de América Latina, con una clara tendencia al alza en su importancia.
Aparte de lo anterior, la BVC es una entidad sólida que dista mucho del cerrado club de caballeros de sus orígenes.
Con más de 1.800 accionistas, en el 2010 tuvo ingresos por 61.306 millones y una utilidad neta de 23.944 millones de pesos. Además, el patrimonio de la sociedad fue de 103.123 millones, 47 por ciento más que en el 2006.
Tales logros, sin embargo, palidecen ante las posibilidades futuras. De un lado, existe un compromiso que debería resultar en que la Bolsa de Lima pase a ser propiedad de la de Colombia, dependiendo de temas regulatorios y de las señales que provengan del nuevo Gobierno peruano.
Del otro, está el desarrollo del Mercado Integrado Latinoamericano, que une a los dos citados y al de Santiago. Dependiendo del parámetro de medición que se use, se trata del segundo o tercero más importante de la región.
A pesar de que el comienzo ha sido tímido, con negociaciones relativamente modestas, es de esperar que una vez los inversionistas transiten la debida curva de aprendizaje, los números sean mucho mayores.
Ojalá ese factor sirva para que lleguen nuevos emisores primarios al mercado de acciones y se le dé impulso a un capitalismo regional que tiene tras de sí un honroso pasado, pero que se enfrenta a un futuro promisorio, de la mano de un auge económico que ya empieza a cambiarle la cara a esta parte del mundo.