A pesar de que todavía quedan vallas y pasacalles en varias ciudades del país, es indudable que el recuerdo de lo que fue la Copa Mundial Sub-20 de la Fifa empieza a desvanecerse de manera acelerada en la memoria de los colombianos.
Atrás quedan las imágenes de algunos partidos, así como el efímero entusiasmo que generó en su momento la selección nacional, que acabó naufragando en la cancha antes de lo que se pensaba.
Pero más allá de lo sucedido en el terreno deportivo, es indudable que Colombia cumplió con el cometido que se había propuesto cuando en su momento Francisco Santos lideró una campaña para que la sede del torneo fuera el territorio nacional.
Aparte de problemas puntuales y menores, lo cierto es que la organización funcionó muy bien. Tanto, que a raíz de las declaraciones elogiosas del suizo Joseph Blatter –máxima cabeza del gremio del fútbol– hay quienes acarician el sueño de que llegue la hora de responsabilidades más grandes.
Bajo ese punto de vista, no son pocos los que creen que Colombia debería ser la anfitriona de la Copa Mundo en el 2026.
Así, no sólo se superaría la frustración de 1986, sino que habría tiempo suficiente para hacer las inversiones que un certamen de semejante envergadura reclama.
Se trata, al fin y al cabo, de la segunda cita más importante que tiene el planeta cada cuatro años, después de la de los Juegos Olímpicos.
Quienes hablan con entusiasmo de esa posibilidad sostienen que el campeonato es un gran negocio en múltiples sentidos.
De una parte, incrementa en forma sustancial la inversión pública en infraestructura, al tiempo que atrae a cientos de miles de visitantes que gastan millones de dólares, aparte de que abre las puertas a futuras oportunidades de negocios.
Bajo ese punto de vista, la cita con el balompié serviría para demostrarle al mundo, dentro de 15 años, que Colombia dejó de ser hace rato “ese pequeño país de café y cocaína”, como alguna vez dijo la revista Time.
Parte de esos argumentos son ciertos, pero no todos. Quizás el más deleznable sea el de los efectos económicos que deja una competencia como el Mundial. Los análisis hechos con posterioridad a los encuentros recientes muestran que el impacto durante las semanas en que tienen lugar los partidos es importante, pero no fundamental.
Para sólo citar un caso, la economía surafricana tuvo el año pasado un desempeño francamente mediocre, con lo cual su crecimiento resultó ser muy inferior al promedio del continente.
Por otra parte, está el costo de las obras de construcción.
Diversos análisis sostienen que el escenario ideal es cuando se cuenta con una buena red de estadios, lo cual aminora el esfuerzo fiscal necesario para tener buenos escenarios. No obstante, aun Brasil, que tiene numerosos campos deportivos, va a tener que hacer un aporte significativo. Según las cuentas gubernamentales la inversión que hará el próximo anfitrión de la Copa Mundo ascenderá a 18.700 millones de dólares, de los cuales el 78 por ciento saldrá del presupuesto público.
Esa suma servirá para financiar 50 proyectos en 12 ciudades en las que tendrán lugar los partidos programados.
Buena parte de esos gastos, es bueno aclararlo, tiene un impacto sobre la calidad de vida de la ciudadanía que va mucho más allá del calendario del torneo. En el caso brasileño un tercio de la suma mencionada se va a destinar a movilidad urbana, mientras que un 15 por ciento irá para reformar diferentes aeropuertos.
Pero al tiempo que eso ocurre, es bueno tener claro que el saldo de hacer un Mundial normalmente deja cifras en rojo, pues el dinero grande, que es el de los derechos televisivos, se queda en arcas como la de la Fifa.
Por eso es bueno pensar antes de emprender una campaña cuyo éxito no está garantizado, pero que si resulta implicará grandes sacrificios, sobre todo en dinero.