Hacía tiempo que una idea no calaba al mismo tiempo en tantos lugares. Por ese motivo es imposible pasar por alto las protestas que tuvieron lugar el pasado fin de semana en cerca de 900 ciudades de unos 100 países, incluyendo la capital colombiana.
Estas fueron inspiradas por el movimiento ‘Ocupemos Wall Street’, cuyos promotores acampan en el parque Zuccotti, a pocos metros de la conocida calle neoyorquina considerada como el epicentro del capitalismo.
Las movilizaciones masivas más recientes son, a su vez, una evolución de la semilla que sembró un grupo de ciudadanos indignados en Madrid, a mediados de mayo.
Siguiendo los preceptos del pensador de origen alemán, Stéphane Hessel, centenares de miles de personas han expresado públicamente su insatisfacción con la situación económica y social de sus países.
En particular, la rabia se ha dirigido contra el sistema financiero, considerado como el principal responsable de la crisis que desde finales del 2008 ha ocasionado un aumento en el desempleo –y de paso en la desesperanza– en las naciones más ricas.
Para la inmensa mayoría de los marchantes, mientras los principales bancos fueron rescatados con dinero público y han vuelto a las prácticas especulativas de siempre, al igual que a las remuneraciones exageradas para sus ejecutivos, las personas de a pie han pagado los platos rotos de una debacle en la que poco tuvieron que ver.
Quienes han perdido su casa o han sido despedidos de su trabajo y miran el futuro con angustia, consideran que en el giro de los acontecimientos existe una gran injusticia.
Por ese motivo hacen saber su frustración de manera generalmente pacífica, aunque hay excepciones, como la de Roma el sábado, cuando los choques entre los reclamantes y la policía alcanzaron un nivel de violencia elevado.
A pesar de su capacidad de movilización, es fácil mirar con desdén a los que portan carteles y corean canciones. La razón es que no hay un mensaje unificado, ni mucho menos peticiones concretas para que cambie esto o aquello. De hecho, es posible encontrar posiciones antagónicas, además de planteamientos extremos y, en ocasiones, ingenuos.
Para sus críticos, no hay que prestarle mucha atención a una masa informe de gente en la que sobresalen los jóvenes de clase media que tienen un buen nivel de educación y usan las redes sociales para convocar a sus semejantes. Por tal motivo, las voces que afirman que esta es una tormenta temporal sin consecuencias en el tiempo predominan entre los analistas.
No obstante, cada vez son más quienes se apartan de dichas posturas. El motivo es que existen diversos ejemplos en la historia de la humanidad, en los cuales la protesta colectiva inspiró reformas importantes y nuevos comportamientos sociales. El impulso a los derechos civiles, la igualdad de género o la propia revolución sexual tuvieron su génesis en quejas masivas que comenzaron en forma similar a la actual.
Todo depende, por supuesto, de que eventualmente exista una conexión con la política. Para citar un ejemplo, en Estados Unidos la carrera por la presidencia se vería influenciada por las peticiones de los que aspiran a que haya una mayor supervisión del sector financiero y se proscriban ciertas prácticas riesgosas.
En otras latitudes, el tema de la desigualdad que llevaría a nuevos impuestos para los más ricos puede convertirse en un punto central del debate.
Por tales motivos, es mejor escuchar a quienes impulsan las protestas, pues en medio del ruido de tantas voces hay un mensaje de insatisfacción que merece ser atendido y no sólo en Wall Street.
En el caso de Colombia, aunque las reivindicaciones son diferentes a las del mundo industrializado, es muy probable que el ejemplo de afuera cunda, y que las marchas que ya se han visto sean apenas un abrebocas de las que vienen.