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La integración en la mira

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Aun a los políticos avezados les puede salir el tiro por la culata. Así podría describirse lo que le sucede al primer ministro británico David Cameron, quien la semana pasada le puso fecha fija a un referendo mediante el cual los ciudadanos del Reino Unido decidirán sobre la permanencia de este en la Unión Europea. Si bien faltan cuatro meses para la votación, las cosas no se ven fáciles.
El motivo es que, a pesar de que el funcionario logró una negociación con Bruselas que, en principio, le daba una mayor autonomía frente al bloque comunitario, casi la mitad de los parlamentarios de su colectividad se inclinan por el Brexit, la expresión que resume la posible salida del club de 28 naciones. Incluso el popular alcalde de Londres, Boris Johnson, se destapó como partidario del no, con la intención de proyectarse como futuro inquilino del número 10 de Downing Street.
Parte del antagonismo proviene de razones históricas, como el carácter insular de Gran Bretaña, que lleva a sus ciudadanos a considerarse en una categoría aparte, distinta a la que comparten aquellos que habitan el territorio continental. Pero quizás en las circunstancias actuales pesan más los temores a la llegada de inmigrantes por cuenta de las normas que permiten la libertad de movimiento a los oriundos de la Unión Europea.
Tampoco hay que desconocer los miedos con respecto a la seguridad, generados por el terrorismo islámico. Sobra decir que la crisis de refugiados provenientes de Siria, Irak o Afganistán es un elemento que sirve de argumento para cerrar las puertas, pues los resquemores del público ante lo que se percibe como una especie de invasión se han disparado.
Sin embargo, cualquier cambio frente a la realidad actual no estaría exento de costos. Para comenzar, cerca de la mitad del comercio del Reino Unido tiene lugar con sus socios ubicados al otro lado del Canal de la Mancha. No menos importante es que la permanencia de múltiples instituciones financieras, que le han dado al territorio londinense el estatus de ser una de las capitales bancarias del mundo, podría estar en riesgo.
La razón es que tanto el acceso preferencial al mercado comunitario como las normas que permiten el libre movimiento de capitales entrarían a ser revisadas. Mayores costos de transacción les harían perder competitividad a los británicos, algo que impactaría negativamente el clima de negocios, la producción y el empleo.
Debido a ello, casi 200 presidentes de empresas de primera línea dieron a conocer una comunicación hace unos días, en la que se planteaba que un rompimiento con la Unión Europea sería una muy mala idea. El sentimiento de los inversionistas también se ha visto reflejado en el fuerte descenso en la cotización de la libra esterlina, que llegó a su punto más bajo en cerca de siete años.
En las semanas que vienen, seguramente el tono del debate aumentará, mientras el público empieza a formarse una opinión. Pero, desde ya, el mensaje de fondo es que los deseos de una mayor soberanía al desprenderse del yugo de Bruselas tienen su contraparte en costos, en materia de crecimiento y progreso.
Mientras llega la hora de la verdad, y Cameron trata de salvar la situación, no está de más señalar que si los ideales de la integración permanecen vivos en el Viejo Continente, de este lado del Atlántico la historia es distinta. Los pactos comerciales de antaño, como la Comunidad Andina y el Mercosur, andan de capa caída, mientras la Alianza del Pacífico está lejos de su potencial.
Además, la crisis que golpea a América Latina se ha sentido sobre el comercio intrarregional, que no llega a 20 por ciento del total. A pesar de ello, pocos hablan de estrechar lazos, pues ahora lo que se impone es el esquema del ‘sálvese quien pueda’, en una región que no ha sido capaz de poner en práctica el sabio refrán que afirma que ‘la unión hace la fuerza’.
Ricardo Ávila Pinto
ricavi@portafolio.co
@ravilapinto
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