Justo cuando las temperaturas que anuncian la llegada del invierno en el hemisferio norte empezaron a bajar, los principales mercados experimentaron ayer una gélida sensación de pánico.
La ola de frío que se sintió en el sector financiero –y llevó a caídas superiores al 3 por ciento en bolsas como la de Nueva York– nació, por contradictorio que suene, en el Mediterráneo en donde el termómetro normalmente no desciende tanto.
Pero es que las circunstancias actuales se salen de lo que es considerado normal. Para decirlo en pocas palabras, el riesgo de que vuelva a haber una debacle en el planeta por cuenta de los problemas que existen en el Viejo Continente es hoy en día más alto que nunca.
Como si lo anterior fuera poco, el euro está en serias dificultades, lo cual le pone un signo de interrogación a una moneda comunitaria detrás de la cual se encuentran no sólo algunas de las principales economías del mundo, sino un esquema de integración que había sido muy exitoso hasta la fecha.
La enfermedad no es nueva, pero el nivel de contagio está aumentando. Puesto de otra manera, una cosa es que haya problemas en naciones pequeñas –como Grecia, Portugal e Irlanda– y otra es que los males lleguen a los países grandes.
De tal manera, la fuente de los desvelos de los principales analistas es la situación de Italia.
Con un nivel de deuda que se acerca a los 2 billones de euros –el cuarto más alto a nivel global– las cosas se ven cada vez más complicadas. Ayer, sin ir más lejos, la rentabilidad de los bonos emitidos por Roma superó la marca del 7,5 por ciento anual, unas dos veces la de comienzos del 2010.
Semejante disparo en el costo de financiamiento puede ser imposible de sostener para un país cuyo déficit fiscal es bajo, pero que necesita renovar el próximo año 200.000 millones de euros en obligaciones.
Ante esa perspectiva, surgen las comparaciones odiosas y las preguntas difíciles. Si ha sido imposible encontrar una solución para Grecia, que tiene un endeudamiento mucho menor, ¿qué se puede hacer en este caso? Las respuestas no son tranquilizadoras.
De un lado, el fondo creado por la Unión Europea cuando estalló la emergencia –cuya ampliación sigue en veremos– sería totalmente insuficiente para contener la marejada. Del otro, las pérdidas potenciales de bancos e inversionistas se volverían tan descomunales que arrasarían con instituciones financieras poderosas, incluyendo algunas de Francia y España.
Si eso ocurre, la probabilidad de una recesión internacional sería cercana al 100 por ciento.
Un descalabro europeo ocasionaría una descolgada en los flujos de comercio, lo cual golpearía a China que es el principal exportador de la Tierra y a su vez deprimiría los precios de los productos básicos que esta consume. En dicho caso, las naciones que venden materias primas –como es el caso de Colombia– saldrían golpeadas. Esto impulsaría un círculo vicioso de desempleo y caída en el volumen de negocios en todas las latitudes.
Semejante perspectiva es tan terrible, que los más diversos analistas señalan que es necesario evitar a toda costa que la situación llegue a un punto de no retorno.
Lamentablemente, para que se puedan aplicar los correctivos para contener la hemorragia de Grecia y el debilitamiento de Italia, es indispensable que exista liderazgo político en ambas naciones.
Sin embargo, ese no es el caso. Ayer el primer ministro Yorgos Papandréu se despidió del cargo en Atenas, sin que haya claridad sobre su sucesor. Casi al mismo tiempo se anunció la salida de Silvio Berlusconi del Gobierno italiano, pero el regreso a la época de las coaliciones débiles, que fueron típicas del pasado, no es algo que calme a los observadores.
Por esa razón, la volatilidad en los mercados va a continuar. El problema, para resumirlo, no es sólo la dificultad de conseguir los remedios, sino de encontrar quién los aplique.