Desde hace años los especialistas vienen señalando que la demanda de comida en el mundo seguirá aumentando. No se trata solo del apetito creciente de una humanidad que llegará a cerca de 9.500 millones de personas a mediados del presente siglo, sino de la mejora paulatina en la capacidad adquisitiva de quienes habitan en el planeta. A medida que sube el ingreso también lo hace el consumo de calorías, una realidad que da paso a desafíos como la obesidad que afecta a tantas sociedades.
Aunque hasta ahora los avances en las técnicas de la agricultura o la ganadería han evitado emergencias alimentarias masivas como las que en su momento pronosticó el Club de Roma, el riesgo de hambrunas es mayor en ciertos lugares. La explosión demográfica en partes de África, el medio oriente o India obliga a que el abastecimiento sea eficiente, lo cual se complica por cuenta del cambio climático que altera el ciclo, al igual que el rendimiento de las cosechas.
Para que esa ecuación acabe dando un resultado positivo, es clave que existan regiones con la posibilidad de generar excedentes. Ese es el caso de América Latina que cuenta con menos del 9 por ciento de la población global, pero que representa el 14 por ciento de la producción mundial de comida y tiene un peso del 23 por ciento en la exportación de bienes agropecuarios y pesqueros, según lo relata un estudio reciente de la FAO y la Ocde.
El motivo de que esta parte del mundo tenga un balance superavitario, parte de la naturaleza. Con un área cercana a los 2.000 millones de hectáreas, de las cuales se cultiva cerca de un 10 por ciento, con un 29 por ciento adicional dedicado a pastos y algo más de la mitad ocupada por bosques, la región recibe el 30 por ciento de la lluvia que cae en la Tierra y genera el 33 por ciento del agua.
Hay que señalar que esas ventajas por sí solas no significan mucho. A lo largo de décadas recientes se puede documentar un esfuerzo decidido en la zona, orientado a ampliar la frontera productiva, ya sea a punta de mejoras atribuibles a investigación aplicada o al desarrollo de terrenos aptos para la siembra. Desde semillas más resistentes hasta técnicas modernas explican un salto notorio.
Con razón, Latinoamérica es líder en la exportación de soya, maíz, azúcar, café y frutas, además de concentrados para animales, carne de cerdo y res, pollo, pescados y mariscos. También es un gran importador de otros renglones, como pasa con el trigo o con insumos claves en la ganadería.
Lo ocurrido se nota en las cifras de un buen número de países. Las ventas de comida y bienes agropecuarios de Brasil al resto del mundo llegaron a 79.300 millones de dólares en el 2017, seguido por Argentina (35.000 millones), México (32.500 millones), Chile (17.000 millones), Ecuador (10.400 millones) y Perú (8.800 millones). El caso brasileño es admirable al conseguir un crecimiento anual promedio del 4,1 por ciento entre 1991 y 2015.
En esa fotografía, hay una nación que brilla por su ausencia: Colombia. A pesar del inmenso potencial que tiene nuestro campo y de la enorme riqueza hídrica que nos caracteriza, no solo somos exportadores modestos, sino que compramos en el exterior un 30 por ciento de la comida que consumimos.
Cambiar la trayectoria y replicar el éxito de nuestros pares regionales obliga a hacer las cosas de manera diferente. En sus recomendaciones, la FAO y la Ocde hablan de evaluar las políticas ensayadas, al igual que insisten en la investigación científica, la inversión en infraestructura o el desarrollo de los mecanismos de crédito.
Que hay enormes oportunidades en el futuro es algo que no tiene discusión. La pregunta es si seguiremos haciendo las cosas igual, a sabiendas de que el rendimiento no será el mejor, o si aprendemos de otras experiencias.
Ricardo Ávila Pinto
ricavi@portafolio.co
@ravilapinto