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La lista de tareas es larga

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Una de las demostraciones de lo mucho que han cambiado América Latina y el Caribe en los últimos años, tuvo lugar en Montevideo durante el puente que acaba de terminar.
Y es que, con ocasión de la Asamblea Anual del Banco Interamericano de Desarrollo, que se realizó en la capital uruguaya, el núcleo de la discusión no estuvo en lo que debe hacer la región para avanzar, sino en cómo defenderse de las crisis que tienen lugar en otras latitudes.
Dicho de otra manera, es claro que este lado del mundo ya no es la fuente de problemas que la identificó con términos como la ‘Década perdida’, a finales del siglo pasado.
Ahora, la perspectiva es que gran parte de los países del área ha entrado en una senda de buen crecimiento, algunos de cuyos frutos empiezan a madurar.
Sin duda, el más importante es lo que ha ocurrido con la pobreza. Según la Cepal, desde el 2002 hasta el año pasado, 51 millones de personas salieron de esa condición.
Si bien, todavía un 30 por ciento de los habitantes de la región pertenece a esa categoría, en 1990 la proporción era uno de cada dos, lo cual quiere decir que ha tenido lugar un cambio fundamental en un espacio relativamente corto.
No obstante, a pesar de esos logros, es mucho lo que queda por hacer. Los discursos que se escucharon en Uruguay reiteraban el peligro de caer en la autocomplacencia, que la Real Academia define como “satisfacción por los propios actos o por la propia condición o manera de ser”.
En pocas palabras, el mensaje es que la lista de tareas por hacer es larga y que lo peor sería cruzarse de brazos.
Para ser precisos, los expertos señalan que aún hay niveles de miseria inaceptables, al igual que un preocupante deterioro en la seguridad ciudadana. Como si eso fuera poco, la calidad de la educación es mala, así como la infraestructura física o el acceso a las conexiones de banda ancha.
Las normas inadecuadas también tienen mucho que ver con un elevado grado de informalidad laboral, que influye en que América Latina sea la zona con la peor distribución del ingreso en el planeta.
Como consecuencia de lo anterior, la productividad no avanza y la capacidad de competir es baja. Si a esto se le agrega la apreciación de las tasas de cambio, vigorizadas por la llegada de capitales de todo tipo, es claro que la región tiene que reaccionar.
Una razón adicional para que así sea es lo que ocurre con Asia, cuyo buen desempeño explica en buena medida el auge latinoamericano.
Las crecientes exportaciones de materias primas no pueden ser vistas como un problema, siempre y cuando no lleven a un deterioro de una base productiva diversa.
Pero si los países del área se concentran únicamente en vender más cobre, petróleo, carbón o soya, pueden encontrarse sorpresas muy desagradables en unos años. De un lado, parte de la prosperidad está asentada en recursos naturales que no son renovables.
Del otro, la volatilidad que forma parte de la esencia de los mercados de materias primas es muy peligrosa, como lo ha demostrado la historia.
Mientras eso sucede, hay un campanazo de alerta que merece ser escuchado. Este consiste en el surgimiento de prácticas proteccionistas, en las cuales están involucrados Brasil, Argentina, Venezuela, Ecuador o Bolivia.
Sería absurdo que justo cuando las cosas van bien, la región se embarque en una guerra comercial que no dejaría ganadores.
Tales elementos dejan en claro que en América Latina y el Caribe queda muchísimo por hacer. Una cosa es que el reporte proveniente de la Asamblea del BID sea bueno y otra es dejar las cosas como están.
Si de algo sirve esta ventana que se ha abierto, es para que la región dé un salto y mejore, no para que dentro de unos años vuelva a caer en el vacío.
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