Fue un final digno de una película de Hollywood. Poco antes de que el reloj completara su cuenta regresiva y la bomba de la deuda pública explotara en mil pedazos, el Congreso norteamericano finalmente llegó a una fórmula y el peligro de una catástrofe económica quedó superado.
Ahora el Gobierno estadounidense queda facultado para emitir bonos con el fin de atender las obligaciones que se le vencen y al mismo tiempo cumplir con los programas que adelante en diferentes frentes.
Ese desenlace, sin embargo, no equivale a un final feliz.
Tal como lo demostraron los principales mercados, que vieron descender las cotizaciones de los títulos de renta variable, la calma no regresó con la promulgación de la nueva ley.
De hecho, lo sucedido dejó un mal sabor que posiblemente sea el anticipo de más angustias y preocupaciones en las semanas por venir.
Las razones de esa situación son varias.
Para comenzar, en Washington nadie quedó contento con el resultado, así los líderes de los partidos Demócrata y Republicano expresaran su satisfacción. Es claro que un esquema de reducción del déficit fiscal centrado tan solo en el recorte de los gastos, sin que se mire el tema de los ingresos, genera inquietudes sobre la sostenibilidad de la medida y sus consecuencias en relación con la actividad productiva.
La falta de voluntad para atacar una serie de puntos estructurales deja la sensación de que la tarea sigue pendiente.
Y lo que es peor es la percepción de que la polarización política ha llegado a niveles tan extremos que incluso decisiones de sentido común son imposibles de ser adoptadas por consenso. Quienes saben de historia recuerdan que el incremento en el techo de la deuda pública había sido autorizado sin mucho debate en decenas de ocasiones anteriores, pero esta vez se convirtió en un nudo gordiano que casi no se puede cortar.
Por lo tanto, la que queda en entredicho es la capacidad de liderazgo de la que es todavía la nación más poderosa del mundo.
Si a lo anterior se le agrega la proximidad de la campaña electoral y la eventualidad de que ninguna bancada consiga una buena mayoría, las perspectivas no son las más alentadoras.
Las angustias no terminan ahí.
Una vez más los nubarrones vuelven a acumularse sobre Europa ante la percepción de que las medidas adoptadas para contener la crisis griega son insuficientes, con lo cual la posibilidad de un contagio aumenta radicalmente. Ayer, sin ir más lejos, los títulos de deuda emitidos por España e Italia volvieron a caer de precio en las bolsas, lo cual refleja la falta de confianza de los inversionistas en las posibilidades de que dos de las economías más importantes del Viejo Continente salgan adelante.
Si bien las comparaciones son odiosas, renta hoy mucho más un bono emitido por cualquier país mediterráneo que uno de la República de Colombia.
Eso puede ser motivo de orgullo para algunos, pero sugiere que hay problemas profundos en las naciones más ricas que, en caso de empeorar, van a hacerle la vida más difícil a todo el planeta.
A las turbulencias en los mercados financieros hay que agregarles los malos resultados que muestran diversos indicadores, como la actividad manufacturera o el empleo. Dicho de otra manera, el mensaje es que el tren productivo va a una velocidad reducida y que no existe mucho combustible a la mano para que ande más rápido.
Si bien hasta ahora el mundo emergente ha podido aislarse de esa situación, la dicotomía actual no es sostenible en el largo plazo.
Esa conjunción de señales negativas es alarmante, pues no sólo muestra que las cosas van por un camino muy regular, sino que no hay quién muestre la luz al final del túnel en el hemisferio norte. De nuevo, y a pesar de que en Colombia soplan otros vientos, vale la pena seguir pendientes de las tormentas que pueden venir de afuera.