De Hugo Chávez no saben mucho los venezolanos, desde cuando apareció ante las cámaras de la televisión el pasado 8 de diciembre, con el fin de anunciar que tendría que viajar a La Habana para someterse a una nueva operación por cuenta del cáncer que lo aqueja desde hace más de año y medio.
La intervención habría ocurrido tres días más tarde, tras lo cual vinieron una serie de comunicados oficiales que no decían mucho, hasta que a finales del año sonaron las alarmas.
Tanto la presencia de Nicolás Maduro –el ‘delfín’ de la Revolución Bolivariana– en la capital de Cuba, como la aceptación de que su comandante libraba una fuerte batalla contra una infección respiratoria, desataron una oleada de rumores.
Rumores que seguirán a la orden del día por cuenta de lo dicho ayer por el presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello, quien confirmó el que era un secreto a voces: Chávez no estará en Caracas mañana y por lo tanto no prestará juramento para un nuevo periodo presidencial, tras su triunfo en las elecciones del pasado octubre.
Comienza así un nuevo capítulo en el largo limbo de poder que experimenta la nación vecina.
Técnicamente hay un mandatario, pero este no se habrá posesionado y solo lo hará en una fecha futura e indefinida ante los integrantes del Tribunal Supremo de Justicia.
Aunque la oposición sostiene que ese proceder quebranta el orden constitucional, los voceros del Gobierno se amparan en un artículo de la Carta Política para ganarse unos días más.
¿Cuántos? La respuesta no la sabe nadie. En el escenario ideal que maneja el chavismo la espera será muy corta, pero suficiente para el retorno de un líder sano y restablecido.
No obstante, todo indica que la otra posibilidad es la más factible. Esta es la de un mandatario sostenido con vida artificialmente en una clínica extranjera, mientras su prognosis se maneja como un verdadero secreto de Estado.
El problema es que por más intentos que se hagan para transmitir una sensación de normalidad, no hay tal. Esa es la razón por la cual Henrique Capriles, el gobernador del estado de Miranda que es considerado la cabeza de la oposición, rompió ayer su silencio. Tanto el dirigente como sus allegados saben que la posibilidad de que se convoque a nuevos comicios en un plazo relativamente corto no ha hecho más que aumentar y que la población empieza a sentir desazón por la falta de claridad en torno a un tema que domina todas las conversaciones. En ese escenario, las probabilidades de ganar existen.
Aunque a primera vista lo lógico sería asumir que viene una transición, el chavismo se encuentra paralizado dentro de un mar de dudas. Aparte de que persiste la esperanza de un milagro, es cada vez más evidente que hay facciones en pugna. Y es que una cosa es la bendición que recibió Maduro y otra es que todos estén de acuerdo, con lo cual la actitud preferida es la parálisis.
Como bien lo recuerda el dicho: ‘cualquier movimiento beneficia al adversario’.
Semejante actitud puede servir para que los líderes bolivarianos en pugna conserven el pedacito de poder que tienen, pero no es útil a la hora de evitar un desenlace que acabará llegando.
Tampoco funciona para desactivar las presiones de una economía que está en mora de realizar profundos ajustes con el fin de enfrentar el inmenso diferencial cambiario que hay entre el bolívar oficial y el paralelo, que en la calle se negocia cuatro veces más caro.
A lo anterior hay que agregar la inflación, cercana al 20 por ciento anual o un déficit insostenible en las finanzas públicas.
Manejar esos problemas aun en medio de una relativa normalidad es complejo. Hacerlo en las circunstancias actuales es imposible, con lo cual la presión seguirá aumentando hasta que sobrevenga un estallido, ya sea por el flanco político, por el social o por el económico. Pretender que nada de eso se sienta de este lado de la frontera es ilusorio. Colombia tiene que estar en máxima alerta.
Ricardo Ávila Pinto