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Mañana, cuando Juan Manuel Santos jure otra vez defender la Constitución y las leyes, empezará formalmente el segundo periodo de un Gobierno que renovará su compromiso con la meta de hacer de Colombia un país mejor. El núcleo de ese mensaje sería la promesa de conseguir una paz que es a la vez probable y esquiva, por cuenta de la cual el país no solo le pondría un torniquete a la violencia, sino que se volvería más atractivo como destino de inversión y fuente de oportunidades.
Sin embargo, mientras llega la hora de evaluar los anuncios del jefe del Estado para el cuatrienio que comienza, vale la pena darle una mirada a la capacidad que tuvo para cumplir con las promesas hechas en el 2010. Al respecto hay dos referentes claros como son el discurso de posesión del 7 de agosto de ese año y el Plan Nacional de Desarrollo, que unos meses después el Congreso convirtió en ley de la República.
Ambos, obviamente, están relacionados. Mientras el primero fijó las prioridades, el segundo las cuantificó y estableció objetivos precisos. Por ejemplo, Santos habló inicialmente de las conocidas locomotoras de manera general. “Con el campo, la infraestructura, la vivienda, la minería y la innovación pondremos en marcha el tren del progreso y la prosperidad, para que jalone los vagones de la industria, del comercio y los servicios, que son los mayores generadores de empleo”, dijo en la Plaza de Bolívar.
También hizo apuestas específicas. Sostuvo que bajaría el desempleo a un dígito -algo que consiguió- o que impulsaría la construcción de un millón de viviendas, a lo cual se acercó sin lograr el cometido. Igualmente, señaló que crearía varios ministerios -lo cual hizo- y que concertaría una reforma a la justicia, cuyo naufragio acabó siendo uno de sus más grandes descalabros.
Pero para no entrar en una lista de chequeo exhaustiva, vale la pena destacar que tal como lo expresó el titular de Portafolio ayer, el balance podría resumirse en “más avances que pendientes”. Si se tratara de calificarla, sería posible afirmar que la administración Santos aprobó el curso.
Las razones principales para darle una nota favorable tienen que ver con la marcha general de la economía y la mejora en los indicadores sociales. En el caso de la primera, el crecimiento promedio entre el 2011 y el 2014 -incluyendo el pronóstico hecho por la Cepal esta semana- llegaría al 5,1 por ciento anual, que es la mejor tasa en varias décadas.
Pero no menos significativo es el descenso en la pobreza que cobijó al 30,6 por ciento de la población en el 2013, según el Dane. El dato es inferior en casi siete puntos porcentuales al del 2010 y la pendiente de caída fue una de las más pronunciadas de América Latina, si bien seguimos por encima del promedio regional.
Y no solo eso. La desigualdad, que es una de las peores máculas de Colombia, también se redujo a pesar de que todavía nos encontramos en niveles vergonzosos dentro del contexto global. La causa principal de los avances fue el descenso en los índices de desocupación, a lo cual se agrega un aumento en el trabajo formal, sobre todo después de la reforma tributaria del 2012 que redujo el peso de las cargas parafiscales.
También hay que reconocer que en materia de inflación, inversión extranjera y capacidad de consumo de los hogares se registraron progresos notorios. No obstante, los éxitos anotados deberían ser un aliciente para continuar la tarea y enmendar la plana en aquellas materias en las que el balance no es tan positivo.
De tal manera, es bueno mirar lo conseguido con humildad, pues los desafíos que restan son inmensos. Incluso si Santos consigue que en los cuatro años que vienen su gestión sea más positiva, todavía nos quedará por delante mucho trabajo antes de poder decir que la sociedad colombiana ha llegado a ser justa y pacífica.
Ricardo Ávila Pinto
ricavi@portafolio.co
Twitter: @ravilapinto

 

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