No ha pasado mucho tiempo desde aquellos momentos en que hablar de un aumento radical en las exportaciones de Colombia sonara como algo ilusorio. Sin ir más lejos, entre 1995 y el 2003 las ventas del país oscilaron entre 10.000 y 13.000 millones de dólares, sin mostrar grandes variaciones al alza o a la baja. Todo sugería que existía una especie de techo que impedía conquistar nuevos mercados o dar un salto que no sólo era justo, sino necesario.
Esas épocas, sin embargo, parecen haber quedado atrás para siempre. Así lo dejó en claro el Dane cuando anunció que lo facturado por el país entre enero y abril llegó a 17.326 millones de dólares, con un salto de 37,2 por ciento frente a igual periodo del año pasado.
De seguir las cosas a ese ritmo, al finalizar el 2011 las exportaciones superarían el nivel simbólico de 50.000 millones de dólares.
Llegar a ese número depende, por supuesto, de muchos factores. Para comenzar, es necesario que los precios de los productos básicos se mantengan elevados, algo que puede no ocurrir si la economía de Estados Unidos empieza a andar más lento y los problemas financieros de varias naciones europeas llegan a ser más profundos.
Aunque los observadores mantienen su fe en el comportamiento de la producción global, es incuestionable que ahora hay más nubarrones que antes en el horizonte.
Por otra parte, Colombia tiene que mantener los ojos bien abiertos. Se trata no solamente de aprovechar las oportunidades que lleguen, sino de anticiparse a eventuales problemas en ciertas latitudes. Por ejemplo, las señales que provienen de Ecuador –que ahora es el segundo destino más importante para los bienes nacionales– no son las más tranquilizadoras.
Aparte de que existe un desequilibrio comercial cada vez más acentuado en favor nuestro, Quito ha indicado que piensa imponer restricciones fuertes a las importaciones, para impedir la salida de tantas divisas.
No obstante, las probabilidades de que un cataclismo ocurra son bajas, por lo menos en el corto plazo. Debido a ello, es muy posible que las exportaciones lleguen a un máximo histórico, que significaría multiplicar por cuatro las cifras de comienzos del presente siglo.
El motivo principal es que no sólo las cotizaciones de los bienes primarios han subido, sino que los volúmenes despachados también. En números concretos, las toneladas enviadas de café y carbón crecieron en 44,9 y 8 por ciento, respectivamente, mientras que los barriles de petróleo lo hicieron en 23,8 por ciento.
Como si lo anterior no fuera suficiente, las ventas de productos no tradicionales han tenido también un ligero repunte del 10,4 por ciento.
Parte de ese comportamiento tiene que ver con las hechas a Venezuela, que detuvieron su caída, si bien el acumulado del 2011 muestra un descenso del 7,9 por ciento. A pesar de eso, en abril lo facturado llegó a 145 millones de dólares, con un crecimiento del 14 por ciento durante el mes.
Tales augurios no quieren decir, en absoluto, que Colombia se debe dormir sobre sus laureles. Más allá del auge en las exportaciones, es indudable que estas dependen cada vez más de los hidrocarburos y de la minería, cuyo peso en el total se acerca ya al 70 por ciento.
Al mismo tiempo que eso ocurre, la concentración en unos pocos destinos –y principalmente en Estados Unidos– no es una buena política dados los riesgos que entraña colocar los huevos en unas pocas canastas.
En consecuencia, hay que continuar la labor de diversificación de mercados, que comprende llegar a más puertos y extender los lazos comerciales. También es fundamental la tasa de cambio, por lo cual la declaración del Ministro de Hacienda, en el sentido de que el tema lo desvela es una buena noticia, pues señala que el Gobierno no piensa quedarse con los brazos cruzados a la hora de enfrentar un asunto que es fundamental para la competitividad de las exportaciones.