Por contradictorio que suene, el plato fuerte del almuerzo ayer en la Casa de Nariño fue servido antes de la entrada.
Y es que en medio de una reunión en la que estaban presentes dirigentes políticos, gremiales y sindicales, el presidente Juan Manuel Santos puso de primero sobre la mesa un tema jugoso: la candidatura de Angelino Garzón a la dirección general de la Organización Internacional del Trabajo con sede en Ginebra, Suiza.
De manera vehemente el mandatario solicitó el apoyo de los presentes a la aspiración del número dos del Gobierno.
Pocas horas después se conoció un comunicado de respaldo de los diferentes partidos que integran la Unidad Nacional, mientras las centrales obreras –exceptuando a la CUT que pidió un tiempo para pensarlo– también estuvieron de acuerdo. Se trataba de mostrar un bloque cerrado en torno al nombre de un colombiano, algo que en general se logró.
No se trata de un cargo menor.
La meta es llegar a la segunda posición más importante en el sistema de Naciones Unidas, después de la del secretario general de la ONU. De hecho, una mirada a la historia de la OIT revela que esta tiene más años, pues fue creada en 1919 con ocasión de la firma del Tratado de Versalles que dio por terminada la Primera Guerra Mundial.
Desde entonces, la lista de realizaciones es inmensa, tanto como el prestigio de la entidad que recibió en 1969 el Premio Nobel de la Paz.
Parte de su importancia radica en la adopción de declaraciones, principios básicos, convenios y recomendaciones que hoy rigen los asuntos laborales en buena parte de las 183 naciones que integran la Organización.
De tal manera, la OIT promueve el trabajo decente en un mundo globalizado, apoya el diálogo social como forma de llegar a acuerdos, promulga normas internacionales, defiende la libertad sindical, combate el trabajo forzoso al igual que el infantil y lucha contra la discriminación.
Por otro lado, el organismo multilateral es el único del planeta que tiene carácter tripartito, pues agrupa bajo un mismo techo a gobiernos, empleadores y trabajadores.
Son precisamente los representantes de cada sector los que integran el Consejo de Administración de la OIT, en el que se sientan 56 titulares y 66 miembros adjuntos, de los cuales hay diez países con puesto fijo. Los demás son elegidos cada tres años -en el caso de los representantes de los Estados- o a título individual.
Tal explicación vale la pena porque es el Consejo, y no la Conferencia Internacional del Trabajo que se reúne anualmente, el que designa al director general.
Por cuenta de esa situación, la campaña de Garzón se ha concentrado en las capitales que tienen los votos y en conseguir un espaldarazo regional que ya se obtuvo, después de que el candidato de Brasil declinara.
El tema no es fácil por la cantidad de elementos diplomáticos y geopolíticos que entran en juego. Para sólo citar un ejemplo, el hecho de que el director previo haya sido el chileno Juan Somavía puede jugar en contra, porque algunos preferirían ver en el cargo a alguien diferente a otro latinoamericano.
No obstante, quienes saben de estas cosas aseguran que Garzón es un candidato fuerte, tanto por su posición actual, como por el hecho de haber sido embajador ante la ONU en Ginebra y por su trayectoria sindical. Hasta la fecha sus principales contendores son un par de europeos, mientras que África está dividida en torno a cuatro nombres y Asia es todavía una incógnita.
El panorama empezará a aclararse en marzo cuando se cierren las postulaciones, antes de la votación de junio.
Pero más allá del resultado, no deja de ser significativo que Colombia, un país que ha estado en la mira de la OIT por razones que incluyen la violencia contra los sindicalistas, tenga posibilidades de ganar. Esa es otra demostración de lo mucho que han cambiado las cosas en los últimos años.