La inauguración de las sesiones del Congreso del pasado 20 de julio marcó el arranque del tramo final de la administración de Juan Manuel Santos.
Este último año político está marcado, como es tradicional, por las elecciones parlamentarias y las presidenciales que se convocarán para marzo y mayo del 2014 respectivamente.
A este entorno de competencia electoral en las regiones se añadirá la Casa de Nariño que tiene hasta noviembre para oficializar la intención del Presidente de la República de reelegirse.
La reactivación de la contienda por el Congreso y por la jefatura del Estado suele enrarecer de manera sustancial el debate público.
Los partidos políticos ya empezaron a enfilar sus baterías, a reclutar sus nuevas figuras y a recaudar fondos, mientras que los legisladores que aspiran a repetir curul ya han aceitado sus maquinarias para regresar a sus fortines con su dosis de ‘mermelada’. Las organizaciones contrarias al Gobierno como los uribistas y el Polo Democrático arrecian sus ataques en aras de posicionarse mejor ante el electorado. El ambiente también empuja a los grupos sociales descontentos a tratar de sacarle más concesiones al Ejecutivo aprovechando las presiones de una campaña inminente.
Si bien estos alinderamientos son típicos de las épocas electorales, han comenzado a surgir señales que parecen indicar que la campaña del 2014 será una de las más virulentas de tiempos recientes. El pulso del año entrante estará enmarcado por el enfrentamiento entre el presidente Juan Manuel Santos y su antecesor, el expresidente Álvaro Uribe.
La distancia entre ambos líderes se ha agrandado tanto como para llegar al insulto personal. Y los amigos del Gobierno y los opositores uribistas no solo se atacan por medio de micrófonos radiales y columnas, sino también mediante trinos de la red social Twitter.
En las últimas semanas la agresividad de estos intercambios mediáticos ha venido subiendo de tono e involucra hoy a familiares, funcionarios del Gobierno actual y del anterior, asesores, congresistas y hasta comentaristas de los programas de opinión.
Además de las normales diferencias políticas frente a temas como la seguridad o el proceso de paz con las Farc, los señalamientos contienen aseveraciones de tipo personal y ético que enturbian la discusión.
La polarización ha llegado a los extremos de estrenar un nuevo campo de batalla político: ‘la guerra de las vallas’. En muchas ciudades capitales, opositores al Gobierno las han publicado con mensajes críticos contra la política de paz de Santos.
Todo indica que el impacto de estas frases efectistas, reproducidas en las redes sociales, ha ayudado a sus promotores, por lo que cabe esperar muchas de estas vallas en los siguientes meses de campaña. Hasta la propia Casa de Nariño cayó en esta oleada de crispación al señalar directamente al senador Jorge Enrique Robledo como instigador de algunas protestas sociales.
El duro tono del Gobierno contra el congresista opositor generó una respuesta virulenta en las redes sociales por parte de los seguidores del Polo Democrático.
Una campaña electoral sin cruces de opiniones no es sana para una democracia. Al ciudadano le conviene escuchar las diversas interpretaciones que los bloques políticos tienen de la agenda nacional. Solo así podrá el elector tomar una decisión mejor informada sobre a quién apoyar al Congreso y a la Presidencia el año entrante.
Sin embargo, cuando el señalamiento personal y el argumento rabioso se toman el debate público, el ejercicio democrático pierde su esencia. Vallas, trinos e insultos amenazan con sustituir el intercambio de ideas en una elección vital para el futuro del país por los temas de paz y de seguridad que la rodean. Aún estamos a tiempo de bajar la fiebre.
Ricardo Ávila Pinto
ricavi@portafolio.co
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