Han pasado muchos años desde cuando la casona de Hatogrande, situada en las afueras de Bogotá, fuera uno de los lugares preferidos de los presidentes de la República. Confiscada por Simón Bolívar en 1819, la hacienda fue donada a Francisco de Paula Santander, siendo durante un tiempo lugar de encuentro de los dirigentes de la Nueva Granada. Incluso, después de que la Nación se quedara con el predio en 1959, mandatarios como Alfonso López Michelsen y Virgilio Barco la usaron con regularidad, así fuera para disfrutar de un ocasional ajiaco santafereño.
Pero desde entonces, se cuentan con los dedos de la mano los momentos en los que la propiedad haya tenido uso. Por tal motivo, llama la atención que la cúpula gubernamental se haya congregado ayer en ese sitio con el fin de pasarle revista a la agenda de estos meses y a los desafíos pendientes, con miras a lo que queda de Gobierno.
La necesidad de realizar el ejercicio es clara. Las encuestas muestran que el talante de la opinión se ha vuelto más pesimista, no solo con respecto al estado general de cosas en el país, sino a temas específicos. Tanto la percepción sobre la seguridad, como acerca de la economía y la política social, se han venido deteriorando.
Los menores índices de favorabilidad se han sentido en la imagen del propio Juan Manuel Santos, quien registra los guarismos más bajos de su periodo. Si bien calificaciones más ácidas forman parte del juego democrático que normalmente desgasta a los dirigentes, no falta quien sostenga que semejante evolución es preocupante ante los comicios presidenciales de mayo del próximo año.
Debido a ello, hay personas que han querido ver la cita de Hatogrande como una jugada de corte electoral, mientras otros opinan que el propósito es de retomar el rumbo con miras a los 17 meses que quedan de administración. Sea como sea, el ejercicio es bienvenido, en caso de que este sirva para concretar los alcances de una agenda que ha sido vista como rica en anuncios, pero pobre en realizaciones.
Tal caracterización puede ser injusta, por lo cual se ha planteado un debate sobre si las dificultades que enfrenta el Ejecutivo tienen como base una estrategia de comunicación equivocada. Bajo esa postura, son demasiados los mensajes que emanan de la Casa de Nariño, los ministerios y las entidades descentralizadas, sin que respondan a una estrategia coordinada. Adicionalmente, se ha venido insistiendo en que los integrantes del gabinete salgan a poner la cara, tal como lo hicieron cuando el reciente paro cafetero estaba en su punto más álgido.
Al respecto, se puede afirmar que es saludable que se trate de poner orden en lo que dicen diferentes funcionarios. También es legítimo que el Gobierno muestre lo que ha hecho, desde colegios hasta casas para los más pobres, pasando por carreteras o programas que buscan el bienestar de la población.
Sin embargo, al ejercicio le falta un tono de autocrítica que sería muy útil para mejorar la calidad de la gestión presidencial. Este debería comenzar por aceptar que no todos los ataques tienen una motivación política, sino que hay preocupaciones válidas, tanto por la lentitud en el avance de las obras de infraestructura, como por el impacto de la revaluación del peso sobre el sector productivo. De igual manera, las quejas sobre el deterioro del orden público y los coletazos de prácticas criminales como la extorsión tienen base cierta, que no solamente se contrarresta con un mejor esfuerzo informativo.
Por tal motivo, es alentador lo dicho por Santos en lo que hace a concentrarse en una serie de temas que requieren atención específica, pero hay que aplicar eso de ‘obras son amores’, ya que no solo con estrategias de comunicación se solucionará todo. Puesto de otra manera, hay que prestarles atención a los resultados porque, así no se quiera, a veces los hechos también hablan por sí solos.
Ricardo Ávila Pinto / ricavi@portafolio.co