Como bien dice el conocido refrán ‘todo depende del cristal con que se mire’. Así quedó en claro ayer después de que se conociera que la economía china disminuyó su ritmo en el 2011, pues el crecimiento para todo el año fue de 9,2 por ciento y el del último trimestre del 8,9 por ciento.
Si bien esas cifras producen envidia en el resto del mundo, la verdad es que están por debajo del promedio del gigante asiático.
No obstante, en lugar de reaccionar con pánico, los mercados internacionales saludaron la noticia.
No sólo la bolsa de Shanghái tuvo un repunte significativo, sino que desde Madrid hasta Londres, pasando por São Paulo y Bogotá, los precios de las acciones subieron. Para citar un caso concreto, el índice Dow Jones, que mide el desempeño de Wall Street, llegó a su punto más alto desde julio, a pesar de los decepcionantes resultados de algunos bancos estadounidenses.
La explicación, como es normal en estos asuntos, tiene que ver con factores subjetivos y objetivos.
Dentro de los primeros, la desaceleración china puede dar origen a medidas de estímulo para apuntalar la demanda interna y mantener elevada la generación de empleo, pero ese es un cálculo meramente especulativo.
Sin embargo, tiene más peso el hecho de que no se ha producido el frenazo que los más pesimistas esperaban.
Es verdad que la longitud de los saltos ha disminuido, pero eso no quiere decir que la nación más populosa de la Tierra se encuentre en problemas.
Algunas cifras ayudan a mantener las cosas en perspectiva. El año pasado, el Producto Interno Bruto de China ascendió a 7,46 billones de dólares, lo que la consolida como la segunda economía global.
Si hace un lustro la brecha con Estados Unidos era de tres a uno, ahora es inferior a dos a uno con lo cual –de mantenerse las tendencias recientes– el cambio en el liderazgo sucederá en una década o menos.
El motivo es que así exista una ralentización, la velocidad sigue siendo muy alta como lo muestran varios casos.
De tal manera, la inversión en activos fijos tuvo en el 2011 un crecimiento de 23,8 por ciento al llegar a 4,77 billones de dólares, siendo especialmente destacada la del ramo manufacturero, cuyo incremento ascendió al 31,8 por ciento. Por otro lado, el sector inmobiliario –el mismo en donde supuestamente existe una burbuja– aplicó los frenos, pero aun así tuvo un alza real del 27,9 por ciento.
En otra área, las ventas al por menor avanzaron 17,1 por ciento. Incluso quienes señalan que el mercado de automóviles quitó el pie del acelerador después del auge del 34 por ciento, visto hace un par de años, reconocen que el 14,6 por ciento del ejercicio pasado no es precisamente malo.
Todo lo anterior sirve de bálsamo, justo cuando los pronósticos sobre la producción internacional empiezan a ser más pesimistas.
Ayer las Naciones Unidas y el Banco Mundial aseguraron que han aumentado los riesgos de una nueva recesión y que las economías emergentes andarán a un paso más lento.
El motivo de que las cosas se vean con un lente más oscuro recae en Europa y los peligros de que la crisis de la deuda se vuelva inmanejable.
Pero aun reconociendo que ese es un escenario posible, hay que aceptar que la locomotora china no parece estar tan desajustada como algunos dicen. En un país que ahora alberga más población urbana que rural por primera vez en su historia, la demanda interna es un componente cada vez más importante, lo cual hace pensar que, incluso, si el clima externo empeora el resfrío será manejable.
Semejante escenario es clave para las naciones latinoamericanas en general, y para Colombia, en particular, pues garantiza que los productos básicos que exporta la región van a mantenerse en rangos de precios similares a los actuales. Puesto de otra forma, la desaceleración china, al ser moderada, acaba siendo una buena noticia.
Así se comprueba que también en lo que tiene que ver con la economía, perder es ganar un poco.