Al tiempo que millones de seguidores de Apple lloraban a lo largo y ancho del mundo entero la muerte de Steve Jobs, los mercados dejaron en claro que el espacio para la tristeza es limitado y que, a pesar de todo, la vida sigue.
De tal manera, un anuncio hecho por el Banco Central Europeo en relación con darle una mano a los bancos comerciales que pueden tener problemas para obtener recursos de corto plazo ante el nerviosismo que invade al Viejo Continente, ayudó a que las bolsas recuperaran parte de las pérdidas registradas a comienzos de la semana.
No obstante, esa pequeña luz no cambia realmente el estado de alerta en que se encuentra la economía global, ante las dificultades que experimentan las economías más ricas y su incapacidad para enfrentarlas.
Debido a ello, la volatilidad, que ha sido más la norma que la excepción desde hace meses, seguirá presente, mientras se toman –o no– decisiones de fondo.
En medio de tanta incertidumbre, América Latina debería estar atenta a lo que ocurre al otro lado del Atlántico. Y es que a pesar de que el viento siga soplando a favor para la región, las señales que vienen de afuera son inquietantes y deben ser tomadas en serio.
Tanto, que esta semana un informe del Fondo Monetario Internacional insistió en que los riesgos a la baja son severos, ante lo cual hay que tener lista una batería de posibles medidas.
¿En qué consiste el peligro inmediato? Para ponerlo en forma esquemática, es cada vez más alta la probabilidad de que Grecia declare que no puede pagar su deuda pública, con lo cual puede situar a un buen número de entidades financieras europeas al borde de la bancarrota.
Una restricción al crédito, como resultado de la emergencia, resultaría en un desplome del comercio internacional y de los precios de las materias primas. Un ejemplo fue lo ocurrido con el petróleo hace tres años, pues la cotización del barril pasó de 145 dólares a 35 en escasos seis meses.
Nada de eso ha ocurrido, es cierto.
De hecho, la esperanza es que a pesar de la gran lentitud que la caracteriza, la Unión Europea acabe haciendo la tarea que le corresponde, la cual consiste en apropiar fondos para apoyar a sus socios altamente endeudados y rescatar a los bancos que así lo requieran.
Si eso pasa, el temporal sería manejable y las cotizaciones de los productos básicos se mantendrían elevadas en términos históricos, con posibilidades de volver a subir mucho más una vez vuelva a reverdecer la grama.
El tema es que, en caso de ese evento, las naciones latinoamericanas también deberían estar muy atentas. Con todo, el FMI insiste en que si disminuyen las tensiones y la situación se normaliza, es de esperar una avalancha de capitales hacia la región, lo cual desplomaría las tasas de cambio y volvería a ocasionar fenómenos de recalentamiento en algunas economías emergentes.
Semejante eventualidad parece lejana, si se tiene en cuenta que las monedas locales han perdido terreno frente al dólar, y que en Brasil o México la industria ha experimentado varios meses de contracciones ligeras que demuestran que el vigor de comienzos de año ya no es el mismo. Sin embargo, pensar que lo que es un fenómeno temporal se va a convertir en permanente puede llevar a las autoridades a bajar la guardia.
Por cuenta de esa posibilidad, el consejo del Fondo es tener dos estrategias. La primera es desempolvar algunos de los elementos del libreto del 2008, en el sentido de poner en marcha posibles estímulos si la catástrofe ocurre.
La segunda es estar atentos al cambio del viento, para evitar la afluencia masiva de inversiones de portafolio y el desplome de las tasas de cambio, un escenario que es el más probable en el mediano plazo y que debería llevar a los analistas no sólo a pensar en la crisis de ahora, sino en que los retos ya conocidos van a volver tarde o temprano.