Ayer tuvo lugar un anuncio que más de uno pensó que nunca llegaría. En horas de la tarde, la oficina de prensa de la Casa Blanca dio a conocer un pronunciamiento de Barack Obama, en el cual este informó que acababa de remitir al Capitolio los tratados de libre comercio negociados con Corea del Sur, Panamá y Colombia.
“Llamo al Congreso para que los apruebe sin demora”, dijo el Presidente de Estados Unidos.
Ahora sí, y al cabo de casi seis años de espera en el caso colombiano, empieza una cuenta regresiva de 90 días que muy probablemente llevará a que el TLC sea ratificado antes de ese plazo.
Aunque dicha afirmación puede sonar optimista a la luz de la lista de tropiezos que ha enfrentado el pacto bilateral en el pasado, la verdad es que los astros están más alineados que nunca en el firmamento político norteamericano.
Lo anterior no quiere decir que la etapa final que comienza sea simplemente un trámite. Todo apunta a que los debates serán intensos y que más de uno tratará de oponérsele al acuerdo, sobre todo por la presión de los sindicatos que lo han convertido en una de sus banderas.
Sin embargo, quienes saben de estos asuntos afirman que la oposición se concentra en el Partido Demócrata, que es minoritario en la Cámara de Representantes y debería salir derrotado por la bancada republicana.
A su vez, en el Senado hay votos de sobra provenientes de ambas colectividades, por lo cual el panorama se ve más despejado en ese caso.
Si tales expectativas se confirman, no quiere decir que el TLC empiece a regir ya. Más allá de que se surtan los trámites formales, quedan pasos por completar, con lo cual es previsible que faltan meses para que el tratado comience a operar.
A partir de ese momento regirán los calendarios de desgravación que implican rebajas inmediatas para una gran cantidad de bienes industriales y agrícolas, así como la disminución gradual de aranceles en plazos que llegarán hasta los 15 años, en el caso de algunos productos sensibles.
Ante esa perspectiva, es de esperar que todos los interesados empiecen a hacer cuentas sobre la nueva realidad que estará presente a la vuelta de la esquina.
Más allá de que Colombia no haya hecho muchas de las tareas que tenía pendiente para mejorar su competitividad, ahora tendrá que desenvolverse en una nueva dimensión en la que enfrentará riesgos, pero en las que debería hallar oportunidades.
Mientras eso ocurre, vale la pena tener en cuenta los factores que llevaron a Obama a cambiar su postura con respecto al país. No hay que olvidar que la opinión inicial de la Casa Blanca era dividir el envío de los acuerdos pendientes, con el fin de comenzar con el de Corea del Sur.
No obstante, esa aproximación al tema fue derrotada de manera silenciosa, gracias al trabajo coordinado de la Embajada en Washington y algunos funcionarios del Gobierno de Santos que supieron llevar mensajes definitivos en momentos clave. Quizás el principal fue el de convencer a un buen número de legisladores estadounidenses de que su país también tenía mucho que perder, si les dejaba a otros las preferencias para ingresar a un mercado que es el cuarto más importante de América Latina.
Por ejemplo, los congresistas de los estados productores de maíz y trigo sintieron la presión de sus ciudadanos, ante la posibilidad de que Canadá los reemplazara como proveedor de Colombia.
Como resultado de esa estrategia, la administración demócrata tuvo que aceptar la realidad hace meses. De hecho, desde comienzos del 2011 se sabía que los votos en favor del TLC eran mayoritarios, pero la polarización política en la capital estadounidense y la necesidad de Obama de ‘salvar la cara’ ante sus bases demoró las cosas. Pero la larga espera terminó, con lo cual el pacto bilateral queda en la puerta del horno.
Ahora hay que concluir la tarea para evitar que se queme en el último minuto.