No es un mal augurio el que coincidió ayer con la designación de Rafael Pardo como nuevo ministro del Trabajo en la administración de Juan Manuel Santos.
Y es que pocas horas antes de confirmarse la noticia sobre la llegada del director del Partido Liberal al gabinete, el Dane informó que la tasa de desempleo en Colombia había descendido, por fin, a un dígito.
El guarismo de 9,7 por ciento registrado en septiembre es, de hecho, el más bajo en lo que va de la década.
Por cuenta de esa situación, varios de los actuales integrantes del equipo económico tuvieron varios motivos para celebrar.
El primero fue de índole personal, pues tanto el Director de Planeación Nacional como el Ministro de Hacienda habían hecho una apuesta con el Presidente, que incluía su continuidad en los cargos que ocupan, si el índice de desocupación no bajaba del 10 por ciento.
El segundo fue de carácter global, ya que todo indica que los vientos de la recesión que soplan con fuerza en otras latitudes no han llegado a Colombia, en donde las actividades productivas mantienen un ritmo vigoroso.
Este es un parte relativamente tranquilizador para un mercado laboral que lleva meses de buena evolución. Desde comienzos del 2011 las mediciones sugieren que el desempleo a nivel nacional se encuentra alrededor de un punto porcentual por debajo de los datos de hace un año.
Ese es un comportamiento muy alentador, sobre todo cuando se tiene en cuenta que la tasa global de participación –que mide la relación entre la población económicamente activa y la que está en edad de trabajar– ha venido creciendo hasta llegar al 63,3 por ciento, un nivel históricamente alto.
Puesto de otra manera, no sólo el aumento en el número de habitantes del país hace que más gente busque un trabajo, sino que ahora una proporción mayor lo hace.
Y a pesar de esa doble presión, la economía ha podido absorberla.
Según el Dane, en los pasados 12 meses el total de personas ocupadas llegó a 20,4 millones, 677.000 más que hace un año.
Como si lo anterior fuera poco, el subempleo también disminuyó en 534.000 individuos en el mismo lapso. Si bien en otras épocas la situación en ese frente ha sido mejor que ahora, es indiscutible que la tendencia es muy positiva.
Debido a ello, los especialistas insisten en que la calidad en los puestos de trabajo que se están generando actualmente es mucho mejor, lo cual a su vez incide sobre la demanda interna y el avance en los indicadores sociales.
Si las cosas siguen como van, es previsible que el consumo se mantenga fuerte y que la pobreza disminuya, pues eso es lo que ha ocurrido en otros países de América Latina que han experimentado auges similares.
Pero mientras eso sucede, el principal desafío que tiene el Gobierno es el de cuidar que no se presenten retrocesos en un frente que es particularmente sensible a la coyuntura internacional.
Una caída eventual en el comercio exterior o una descolgada abrupta en los precios de las materias primas y los bienes manufacturados que exporta el país puede influir sobre la evolución del empleo, tal como sucedió hace tres años, cuando la crisis financiera global se sintió en todas las latitudes.
Por tal razón, hay que insistir en la necesidad de que los ambiciosos programas de inversión estatales se ejecuten como es debido, pues el cuello de botella es más de gestión que de recursos.
Ese requisito es todavía más urgente ahora, pues la experiencia muestra que el cambio en titulares de alcaldías y departamentos –como el que viene en un par de meses– se siente sobre la continuidad del gasto regional.
Además, es indispensable mantener la casa en orden para que el buen clima que rodea la economía colombiana siga presente.
Sólo así se podrá asegurar que el desempleo se quede en un dígito, ojalá de ahora en adelante.