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El riesgo de hablar mal

Afirmar que Santos quebró el país es una estrategia peligrosa de Álvaro Uribe, que puede afectar al Gobierno de Iván Duque

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A lo largo de las últimas semanas, los 4,74 millones de seguidores que tiene Álvaro Uribe Vélez en su cuenta de Twitter han observado que cada vez que se refiere a una noticia de corte económico, el exsenador utiliza el hashtag #SantosQuebróElPaís. De manera repetida, el exmandatario se empeña en demostrar que la herencia que recibirá Iván Duque dista de ser la mejor, por cuenta de la ‘irresponsabilidad’ de la administración que se va.
Parte de la argumentación se basa en comparar lo sucedido durante el periodo presidencial del actual senador por el Centro Democrático con lo que ocurrió a partir de agosto del 2010. Bajo ese criterio, el crecimiento promedio resultó menor, la competitividad dio marcha atrás, el número de pozos perforados para exploración petrolera bajó, el ritmo de la cartera de créditos cayó y la deuda pública subió sustancialmente, entre otros temas.
Tales señalamientos tienen presumiblemente varios objetivos. Para comenzar, convencer a la opinión de que las cosas están aún peor de lo que la gente cree, con lo cual al nuevo Gobierno no le queda de otra que entrar a hacer cirugías de fondo que exigirán sacrificios. Si hay que apretar el cinturón del gasto o buscar fuentes adicionales de recursos tributarios, la culpa será de quien entregó el timón de un barco que estaba haciendo agua.
Adicionalmente, el planteamiento sirve para ganar tiempo. Cuando el paciente se encuentra en cuidados intensivos, la única solución es tratarlo para que recupere sus signos vitales y pueda empezar el proceso de una larga recuperación. Por lo tanto, no se pueden exigir milagros de la noche a la mañana y si en los meses que vienen las cosas siguen como venían, la responsabilidad es de aquel que causó la enfermedad.
Un tercer objetivo es trazar una línea de corte. Cualquier mejora frente a la base establecida servirá para decir que el tratamiento está funcionando, algo que puede resultar útil a la hora de inspirar confianza. Si la opinión considera que las cosas van por buen camino, eso ayuda a crear un círculo virtuoso de mayor consumo e inversión.
De otro lado, la estrategia sirve para anticiparse a dolores de cabeza previsibles. Para citar un caso, la convocatoria de una minga indígena en un par de meses, probablemente derive en bloqueo de carreteras y alteración de la cotidianidad en el sur del territorio nacional. Señalar que el germen de esa inconformidad se sembró cuando se hicieron promesas incumplibles en el cuatrienio pasado, ayuda ante un eventual deterioro de la situación.
Todo lo anterior es legítimo en un sistema democrático. La renovación en los equipos gubernamentales viene acompañada de la práctica de poner el espejo retrovisor y plantear soluciones distintas.
El gran riesgo, sin embargo, es que por querer mirar hacia atrás, se haga daño hacia adelante. Así le pasó a Mijaíl Gorbachov, quien fue jefe de Estado de la Unión Soviética de 1988 a 1991. Su política de glasnost (transparencia) y perestroika (reconstrucción) se basó en convencer al electorado de que la realidad era mucho peor de lo que se creía, con lo cual debilitó las instituciones y la credibilidad en el gobierno. El desorden de esa época y la disolución de la URSS, explican la aparición de Vladimir Putin en escena.
Aquí el peligro es que por decir a los cuatro vientos que el país está quebrado, más de uno lo crea. Si las calificadoras de riesgo se convencen de que hay un diagnóstico mucho peor de el que tenían, podrían verse tentadas a quitarle el grado de inversión a nuestros títulos de deuda, con lo cual subirían los costos de financiamiento.
Y el perjudicado sería no solo el gobierno de Iván Duque, sino las empresas colombianas y los usuarios del crédito. Uribe tendría motivos para atacar otra vez a Santos, pero la cuenta la pagaríamos entre todos.
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