Hubo una época no muy lejana en la que algunas clasificaciones internacionales ubicaban a Colombia como el lugar más feliz del planeta. Desde entonces, diferentes entidades han enfocado el tema de manera más metódica, lo cual nos ha relegado a posiciones secundarias, si bien seguimos en la parte de arriba de la tabla.
Así quedó claro hace unos días, cuando fue dado a conocer el más reciente informe sobre la felicidad mundial, elaborado por una serie de académicos con el apoyo de la Organización de Naciones Unidas. El reporte viene haciéndose de forma anual desde el 2012 y usa como base un amplio sondeo aplicado por la firma Gallup en diversas latitudes. Los datos obtenidos sirven para construir un índice que mide a 155 países en todos los continentes.
La fotografía es muy interesante porque permite hacer cruces con realidades objetivas y subjetivas. A sabiendas de que estadísticas como la del Producto Interno Bruto dan apenas una visión parcial de la realidad, un buen número de estudiosos trata de ampliar el lente para entender por qué los ciudadanos de una geografía determinada se sienten más contentos con su realidad que los de otros sitios.
Al respecto, lo que salta a la vista, es que el dinero no lo es todo. De manera consistente, los Estados ubicados en la parte alta de Europa ocupan los lugares más altos de las clasificaciones, comenzando por Finlandia. Ocho de los diez primeros están en el Viejo Continente, además de Nueva Zelandia y Canadá.
Es verdad que ese grupo de punta lo conforman sociedades de altos ingresos. No obstante, Singapur –cuya renta por habitante es la más elevada de Asia– ocupa la posición 34, Kuwait, la 51 y Japón, la 58. México, a su vez, se ubica en una decorosa posición 23, superando con creces a territorios con mejores índices de desarrollo.
La otra cara de la moneda, en cambio, sí es cierta. Sudán del Sur, la República Centroafricana, Afganistán y Tanzania, están de últimos en el ranking. Ello demostraría que el dinero no compra la felicidad, pero su falta sí garantiza la insatisfacción de la ciudadanía.
América Latina es un caso curioso. No faltan las expresiones de sorpresa al saber que Costa Rica está de 12, mejor que Alemania o Estados Unidos. Chile, que usualmente encabeza los listados regionales, es el tercero (puesto 27), apenas superando a Guatemala. Colombia está de novena en el área, por debajo de Panamá, Brasil, Uruguay y El Salvador, aparte de los ya mencionados. Argentina, que antes estaba más arriba, cayó 18 lugares este año, presumiblemente por la crisis del 2018. Venezuela (108) es de los países que más ha retrocedido desde que comenzó a elaborarse el informe, mientras que Haití es el del farol en el hemisferio: 148.
Aun así, estamos en conjunto por encima del promedio mundial. Cualquier observador desprevenido podría pensar que lacras como corrupción, inseguridad y desempleo deberían tener a esta parte del globo sumida en el pesimismo, pero el veredicto es otro.
La explicación recae en las relaciones humanas que comienzan con los círculos familiares y de amistad. Más allá de que exista poca confianza en las instituciones, el sentimiento generalizado es que hay una red de apoyo en tiempos de dificultad, que en ocasiones pesa mucho más que el poder adquisitivo en las valoraciones de la gente. Esa sensación de comunidad es el antídoto contra malas administraciones públicas o tiempos difíciles.
Aun así, la felicidad sería más alta si el liderazgo político fuera más apreciado. La impresión de que hay un desamparo colectivo, atribuible al gobierno de turno, actúa como un lastre. Tanto la calidad de algunos servicios básicos como salud o educación, fuera de la aversión a la violencia. No en vano, son los costarricenses los más satisfechos con la vida.