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La tentación populista

Los candidatos a la presidencia se ven comprometidos con el modelo económico, pero hay uno que otro tufillo de demagogia.

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A medida que avanzan las semanas, es evidente que la temporada electoral ya comenzó. Al lanzamiento oficial de candidaturas, se suma la presencia de aspirantes a la Presidencia de la República en los congresos gremiales, tal como sucedió la semana pasada durante la Asamblea de la Andi, que reunió a una docena de postulantes, ya fuera independientes o pertenecientes a diferentes partidos.
Los asistentes a dichos eventos tienen la oportunidad de escuchar un amplio rango de planteamientos y comparar posiciones que corresponden a las inquietudes de la ciudadanía sobre distintos temas: crecimiento, corrupción, empleo, seguridad, medioambiente, educación, proceso de paz, relaciones internacionales o desarrollo productivo, entre otros. El intercambio de opiniones les permite a quienes desean suceder a Juan Manuel Santos afinar sus ideas y entrenarse para cuando la campaña aumente en intensidad.
En general, lo que se ha escuchado hasta ahora no genera alarmas. Nadie con posibilidades de ceñirse la banda tricolor plantea un cambio de modelo económico ni un revolcón institucional de tal magnitud que implique un rompimiento abrupto con el pasado. No obstante, hay que preguntarse si cuando llegue la hora de hablar en la plaza pública más de uno caerá en la tentación de hacer populismo, definido como el uso de propuestas que atraen a la gente, pero que tienen un componente manipulador y demagógico.
Aun así, ya hay posturas que suenan bien, pero no son necesariamente responsables. La más notoria de todas es la de las cuentas públicas, cuya realidad no es fácil. Cualquier mirada a los números deja en claro que el descenso en ingresos petroleros obligó a hacer un ajuste en el gasto, a pesar de los recaudos que trajo la reforma tributaria de diciembre.
Hacia adelante, la situación será todavía más estrecha, pues la regla fiscal obliga a que el déficit baje de forma acelerada, en medio de una actividad económica de ritmo mediocre. Para cuadrar las cuentas, al gobierno que viene no le quedará más remedio que buscar más recursos, a menos que desee reducir la inversión estatal a un mínimo, o desmontar programas sociales, con el debido costo político.
Pero frente al diagnóstico que nace de las matemáticas, la mayoría de los candidatos prefiere caer en la negación. Como solución, unos proponen acabar con el supuesto derroche de la actual administración, dando a entender que hay billones de pesos salvables. Otros dicen que simplemente se trata de ponerle coto a la corrupción, respaldando la creencia de la ciudadanía de que la plata existe, pero se la están robando.
Y aunque hay espacio para usar mejor el presupuesto, haciendo ahorros aquí o cerrando venas rotas allá, es mejor no hacerse ilusiones. Si alguien se compromete a echar para atrás el alza del IVA, subir subsidios o recortar impuestos, tendrá que comerse sus palabras. De lo contrario, el déficit se dispararía y el castigo de las firmas calificadores vendrá, junto con una salida de capitales que elevaría la tasa de cambio y la inflación.
Algo similar le puede suceder a los que apoyan las consultas populares, que amenazan el futuro del sector petrolero, o las posibilidades de la minería legal. Es fácil hacerle ojos a la galería y comprometerse con proscribir el fracking u otras formas de explotar el subsuelo, pero la pérdida de la autosuficiencia energética saldría muy costosa. Basta con tener en cuenta que cerca del 60 por ciento de las exportaciones proviene de las ventas de crudo, carbón y oro.
Debido a ello, hay que insistirles a los aspirantes a la presidencia que cuiden sus palabras. Prometer prosperidad gratuita puede servir para ganar votos, pero no para gobernar.
Ojalá los electores, cuando llegue la cita con las urnas, recuerden que se debe premiar a quien tenga el valor de decir las verdades incómodas y no a quien pinta pajaritos de oro. Así sea tentador, al populismo hay que evitarlo.
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