Para un país que creía que el terrorismo en las grandes capitales era algo que pertenecía a los recuerdos oscuros del pasado, el aleve ataque sucedido ayer en Bogotá fue una cruel manera de poner de presente que los retos en materia de seguridad persisten. La decena de muertos y los más de 60 heridos dejados por la carga explosiva detonada en la escuela de cadetes de la Policía, convierten lo ocurrido en el hecho más grave desde el atentado al Club El Nogal en febrero de 2003.
Aparte de rechazar la acción criminal, consolar a los familiares de los fallecidos y atender a las víctimas, lo que procede es reaccionar con cabeza fría y rapidez. De un lado, las investigaciones deben proceder con el fin de asignar responsabilidades, comenzando por la autoría intelectual de lo sucedido. Del otro, los dirigentes están obligados a cerrar filas en defensa de las instituciones, con el fin de enviar un mensaje de unidad que contraste con el pobre espectáculo de mezquindad y oportunismo dado por uno que otro líder en las redes sociales.
No menos importante es concientizar a la sociedad colombiana sobre los riesgos que se derivan de un aumento en los índices de violencia. El incremento en el número de homicidios durante el 2018, que cortó una racha de cinco años consecutivos de reducciones, es un campanazo de alerta que demanda respuestas que comprometen tanto a las fuerzas armadas, como al ramo de la justicia.
En lo que atañe a militares y policías, no hay salida diferente a combatir la ilegalidad. El aumento en el área sembrada de coca es el principal caldo de cultivo de los más diversos tipos de bandas criminales, pero no es el único. A ese flagelo hay que sumar la minería de oro y el contrabando de gasolina proveniente de Venezuela, entre otros. En todos los casos son indispensables acciones contundentes para cerrar la llave que financia la compra de armas y explosivos.
Un elemento clave es la inteligencia, orientada a la prevención. Son incontables las historias en las que una población detecta la presencia de elementos indeseables, sin que los responsables de ponerlos a buen recaudo actúen de manera oportuna.
De tal manera, la tarea siempre quedará a medias en caso de que el aparato judicial siga mostrando las ineficiencias de siempre. La percepción de impunidad alienta a los bandidos a cometer más fechorías y tiene mucho que ver en el auge de asesinatos de líderes sociales, para citar un caso concreto. Como reza la conocida figura, nada resulta tan efectivo como demostrar que el crimen se castiga ejemplarmente.
Reaccionar es clave, entre otros motivos para preservar el proceso que llevó a la desmovilización de combatientes de las Farc. El mejor remedio para contener a las disidencias y a los que juegan con la idea de volver al monte y empuñar los fusiles, es comprobar que la capacidad disuasoria del Estado permanece y que los compromisos suscritos se cumplen.
La calmada reacción de los mercados a los hechos de la víspera, muestran que el efecto económico de la bomba es imperceptible. En el mundo de hoy son pocos los lugares que pueden declararse a salvo de la mano siniestra del terrorismo, así sus motivaciones sean distintas. Por ese motivo, los flujos de inversión seguirán llegando, al igual que los turistas.
No obstante, la condición necesaria para que esas tendencias no cambien, es que se trate de episodios aislados. Todavía en el mundo prevalece la opinión de que Colombia es un territorio en el que floreció la paz. Pero si algo muestra nuestra accidentada historia es que los avances o los deterioros no se dan de la noche a la mañana, sino que son el resultado de procesos a los cuales no se les prestó la necesaria atención a tiempo. Debido a ello, hay que responder con prontitud, antes de que sea demasiado tarde.