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Un flujo que no cesa

La llegada de un mayor número de venezolanos al país es predecible, pero Colombia no parece tener una política al respecto.

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Las fotografías y los videos no mienten. En las imágenes tomadas en la frontera se ve que el flujo de venezolanos que llegan a Colombia viene en franco aumento en los últimos días, quizás ante los temores que ocasiona la confrontación entre el gobierno de Nicolás Maduro y una oposición que convocó para hoy a una huelga general de 48 horas de duración.
La cercanía de la jornada del domingo, en la cual se escogerían los delegados para una Asamblea Constituyente impulsada por el régimen, que genera el rechazo mayoritario de la ciudadanía en el país vecino y las críticas de la comunidad internacional, es la causa de que las posiciones se hayan endurecido.
Pero más allá de la explicación, todo apunta a que la presión migratoria suba por cuenta de un éxodo que no se detiene. Las personas que deambulan con maletas por las calles de Cúcuta son apenas el rostro más visible de una oleada que comenzó tiempo atrás y que ahora es mucho más notoria. Aparte de aquellos que cuentan con la doble nacionalidad o los que obtuvieron estatus para permanecer legalmente, están los que, llevados por la falta de oportunidades y el hambre, buscan sobrevivir en la informalidad, de este lado de la línea limítrofe.
Las cuentas de Migración Colombia hablan de 47.000 ciudadanos de Venezuela que tienen sus papeles en regla. A ese número hay que agregar los 150.000 que dejaron vencer su visa y pueden verse sujetos a una deportación. Es una incógnita, pero no es descabellado pensar que una proporción importante de los que entraron recientemente con un permiso de 90 días de duración también piensa quedarse, pues la opción de regresar es peor.
Por otra parte, hay estimativos que hablan de entre 350.000 y 900.000 venezolanos presentes en el territorio nacional. En esa cifra hay médicos, ingenieros y empresarios, al igual que mototaxistas o vendedores ambulantes, pues aquí están representados todos los estamentos de una sociedad que hasta hace unas pocas décadas era considerada la más próspera de América Latina.
Que eso ya no es así, es innegable. Las más diversas mediciones dan una idea de la tragedia causada por la incompetencia y las prácticas corruptas del chavismo, que utiliza los métodos más censurables para aferrarse al poder. En un país en donde escasean los artículos de primera necesidad, el aparato estatal cuenta con todos los medios a su alcance para reprimir a sus opositores.
Sin embargo, los gases lacrimógenos y las balas de goma no sirven para ocultar la realidad. Tal como lo recordó el Financial Times, 93 por ciento de los venezolanos afirma que su ingreso no alcanza para comprar la comida necesaria en sus hogares. Debido a ello, tres de cada cuatro personas dice haber perdido peso en el último año: nueve kilos en promedio.
El dinero no alcanza, entre otras, porque la inflación es la más elevada del mundo. Y la falta de oportunidades es apabullante en una economía que el año pasado experimentó una contracción del 18 por ciento, según el Fondo Monetario Internacional, que proyecta para el 2017 un retroceso adicional del 12 por ciento.
A lo anterior hay que agregar que la tasa de homicidios es de 91 por cada 100.000 habitantes –la más elevada del planeta–, que enfermedades como la malaria se volvieron a disparar, al igual que las tasas de mortalidad infantil. Ello pasa en una nación en donde unos pocos se vuelven millonarios al obtener divisas al cambio oficial y la corrupción campea, de acuerdo con Transparencia Internacional.
Ante tantos males, no es de extrañar que los venezolanos sean los principales solicitantes de asilo en Estados Unidos, o que la diáspora crezca en Canadá o España. Debido a la vecindad, Colombia es la que más gente recibe y necesita prepararse para acoger más. El desafío es hacerlo ordenadamente y sin condenar a cientos de miles a la informalidad. No tener política es lo que menos conviene a todos.
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