Hoy en Washington, ante una audiencia que podría llegar a los 800.000 asistentes, Barack Obama será ungido otra vez como presidente de Estados Unidos. El mandatario afroamericano arrancará su nuevo mandato en condiciones diferentes a su posesión de hace cuatro años. Sin el aura histórica ni las grandes expectativas de cambio que rodearon su primera elección, continuará gobernando una nación agobiada por el desempleo, cansada de las guerras y paralizada por la polarización política.
No obstante, hay un común denominador entre ambas posesiones. Al igual que en enero de 2009, los temas económicos preocupan a la sociedad. Mientras que esa vez el novato presidente enfrentaba una de las crisis financieras más graves de la historia, hoy en día tiene en el déficit, la deuda y el presupuesto tres retos profundos y urgentes.
Si bien en su primera administración el líder demócrata impidió que la economía se hundiera, poco hizo para equilibrar las cuentas públicas. Obligaciones que superan los 16 billones de dólares y a cuyo techo legal se llegará en un mes, constituyen el nuevo pulso entre la Casa Blanca y la oposición republicana en la cámara baja.
Pulso que ya se vivió a fin del año pasado con la crisis del “abismo fiscal” cuando, al filo del límite, se llegó a un acuerdo que en vez de ponerle punto final al tema solo lo pospuso un poco más.
Ahora ese corto tiempo se está empezando a agotar. En el corazón de los desequilibrios estructurales de la economía estadounidense están tanto los crecientes gastos del Estado en el pago de programas sociales como el régimen de impuestos a los más pudientes. A lo anterior se suman el desangre financiero de dos guerras en Irak y Afganistán así como onerosos paquetes de salvamento financiero, estímulos a la economía y los costos de la reforma al sistema de salud.
Mientras los demócratas en el poder rechazan una reducción en los beneficios sociales, los republicanos en la oposición vetan un aumento en los ingresos. El resultado de ese cortocircuito partidista ha sido la incapacidad de tomar medidas necesarias para equilibrar la economía. Como si esos problemas de la deuda no fueran suficientes, el país más rico del mundo no ha podido reducir notoriamente una tasa de desempleo que golpea a muchos hogares y amenaza con echar por tierra los avances de una generación entera. No causa mayor sorpresa que apenas un tercio de los norteamericanos crea que su nación marcha por buen camino.
Lo más revelador es que este panorama fiscal no haga parte de la agenda de prioridades que Obama impulsará en el arranque de su segundo mandato. Una legislación para el control de armas y la reforma migratoria ocupan hoy la atención de la Casa Blanca. Luego de la terrible masacre en diciembre de 20 niños en una escuela, el ambiente político para impulsar algunas restricciones moderadas a la compra de pistolas y rifles es el propicio y ya se anunciaron 23 medidas ejecutivas en esa dirección. Por el lado de la inmigración, el momento para los cambios es más de orden político: tanto republicanos como demócratas necesitan seducir la creciente masa de votos de origen hispano donde se concentran los indocumentados.
A pesar de una actitud más desentendida de los conflictos internacionales, Obama no podrá ignorar al mundo en su segunda administración. Sus tropas se retirarán de Afganistán a finales del año entrante y la mayoría de analistas prevé no solo un caos sino también el regreso triunfal de los talibanes. Por los lados del Oriente Medio, los coletazos de la primavera árabe seguirán mientras la crisis en Siria empeorará. Asia seguirá avanzando en el camino de convertirse en el nuevo tablero de ajedrez geopolítico entre Washington y China.
Todo lo anterior muestra que a Obama no le faltarán temas urgentes y que si quiere dejar un buen legado, deberá resolver varios de ellos, comenzando por el económico.