El de ayer fue un buen día para la economía mundial. Primero, Occidente despertó con la noticia de que, unas pocas horas antes, los presidentes y primeros ministros de los países que integran la Unión Europea se habían puesto de acuerdo en Bruselas sobre la forma de superar su más grande dolor de cabeza. Para decirlo en pocas palabras, los líderes comunitarios identificaron una solución integral con el fin de enfrentar los problemas que tienen los países altamente endeudados del Viejo Continente y los bancos de esa zona.
Acto seguido, el turno fue para Estados Unidos. En contra de los pronósticos que hablaban de la posibilidad de una nueva recesión, la economía más grande del planeta registró en el tercer trimestre del 2011 una tasa de crecimiento del 2,5 por ciento, la más alta en los últimos dos años. Es cierto que la cifra no es la más envidiable, pero aleja los temores de un estancamiento y muestra que, así sea a media marcha, la locomotora norteamericana todavía se mueve. Factores como el gasto de los consumidores explicaron un dato que superó ligeramente las expectativas de los analistas y abrió el espacio para el regreso de un moderado optimismo.
Como consecuencia de ambos factores, las bolsas de valores experimentaron una jornada de recuperación, que borró en parte los sinsabores de las semanas previas. Por ejemplo, el índice accionario Dax en Alemania tuvo un salto del 5,3 por ciento, mientras que el británico FTSE avanzó 2,9 por ciento, casi lo mismo que el Dow Jones en Wall Street. América Latina no fue la excepción a esa dinámica, con lo cual México subió 2,5 por ciento, Brasil 3,7 y Colombia 1,4 por ciento. Incluso en algunas plazas las cotizaciones superan los niveles registrados al comenzar el 2011.
Semejante reacción es la respuesta a un largo periodo de pesimismo, cuando parecía que la economía europea se encontraba en serio peligro de derrumbarse por el peso de sus obligaciones, sin que los estadounidenses tuvieran la gasolina para seguir hacia adelante. Ahora, en cambio, hay la esperanza de que las fórmulas sirvan para evitar que las cosas empeoren, con lo cual las naciones que están enfermas puedan llegar a ser dadas de alta.
El caso más crítico, sin duda alguna, es el de Europa. Por ese motivo, cayó bien entre los observadores la intención de ampliar el fondo de ayuda actual, para llevarlo hasta un billón de euros. Tan descomunal suma no sólo permitiría apoyar a Grecia o Portugal, sino sobre todo a España e Italia, que han sido víctimas del nerviosismo de los inversionistas, debido a lo cual las tasas de interés de sus bonos han tenido un fuerte incremento.
El segundo elemento de la estrategia consiste en un esquema ‘voluntario’ para que los bancos que tienen papeles de deuda griega los cambien por unos de mayor seguridad, a cambio de un descuento del 50 por ciento en el valor de las acreencias. Ese recorte le debería permitir a Atenas salir adelante en unos años, así tenga que aceptar más supervisión de Bruselas.
El plan se cierra con un esquema que permite que las entidades financieras europeas se capitalicen en más de 100.000 millones de euros, debido a lo cual pueden sortear el impacto del descuento hecho a Grecia. En resumen, todos pierden un poco, pero se evita la debacle que podía haberse llevado a la zona del euro por delante.
Hasta ahí todo suena muy bien. El problema es que todavía falta afinar los detalles de una estrategia que tiene muchos vacíos, por lo cual puede no funcionar en el corto plazo. Eso sería gravísimo, ante el rápido deterioro visto en los últimos días.
Por ese motivo, hay que esperar que se puedan atar los cabos sueltos con prontitud, pues de lo contrario los nubarrones de la crisis volverán a estar presentes. Dicho de otra manera, así como una golondrina no hace verano, un buen día en los mercados bursátiles tampoco soluciona una emergencia que todavía sigue latente.