En un mundo en el cual el nerviosismo y la incertidumbre se encuentran a la orden del día, no resulta extraño constatar que los precios de los productos básicos han experimentado fuertes altibajos desde hace meses.
Así ha ocurrido con el trigo o la soya, pero también con el cobre y el oro, entre muchos otros.
No obstante, al analizar lo ocurrido los observadores se concentran especialmente en el petróleo.
La razón es que el combustible es fundamental tanto para el bienestar de las naciones consumidoras como de las productoras, entre las cuales Colombia empieza a tener un rol cada vez más notorio.
De tal manera, si las cotizaciones suben surge la preocupación de un rebrote inflacionario por cuenta de los mayores costos de la energía, que a su vez puede afectar el desempeño de la economía mundial. En cambio, si disminuyen mucho, salta la duda sobre la estabilidad de las naciones que son ricas en crudo y derivan de la actividad la mayor parte de sus ingresos externos.
Aparte de esos extremos, lo que todos odian es la volatilidad que ha caracterizado el 2011.
Tanto la falta de claridad sobre el rumbo de la producción global como circunstancias políticas particulares que han afectado a algunas naciones petroleras, tienen mucho que ver con lo ocurrido.
La mezcla de esos y otros factores se nota en los precios.
Por ejemplo, la variedad WTI, que sirve de referencia en esta parte del mundo, comenzó el año en 89,8 dólares el barril, subió hasta casi 114 dólares a finales de abril y descendió a 75,6 la semana pasada. Ayer, después de que se hubieran despejado los peores temores sobre la situación europea, llegó a 85,8 dólares, aunque la verdad es que no es claro si dicha recuperación es temporal o permanente.
Tener una senda más predecible sería muy importante para Colombia.
Por un lado, las ventas de petróleo y sus derivados –que entre enero y agosto ascendieron a 18.017 millones de dólares– tuvieron un incremento del 72 por ciento en el periodo citado y representan el 49 por ciento de las exportaciones totales del país.
Parte de ese incremento tiene que ver con un mayor volumen –24 por ciento–, pero sin duda la buena situación de los precios ha sido definitiva.
Por otro lado, está el tema de lo que vale la gasolina en las estaciones de servicio.
Como es sabido, tanto la ciudadanía como algunos congresistas han protestado por el que consideran un nivel muy alto y promueven movimientos tendientes a poner en cintura el costo del galón del carburante. Además, existe un desfase, pues los reajustes no han ido a la misma velocidad que las alzas del crudo, con lo cual el déficit es de casi 1,5 billones de pesos. Por ello, las mayores cotizaciones tienen mucho de bueno en términos de ingresos de divisas o pago de impuestos y regalías, pero el público las ve como una amenaza para el bolsillo.
Lamentablemente para los usuarios, las perspectivas no son del todo buenas.
Tal como lo dejó en claro ayer un reporte de la Organización de Países Exportadores de Petróleo, el apetito del mundo por el hidrocarburo es cada vez mayor.
En el 2011, por ejemplo, el consumo de crudo debería llegar a 87,8 millones de barriles diarios, 0,9 millones más que el año pasado y 1,2 millones menos que el próximo. Es cierto que debido a la desaceleración global el ritmo no ha sido el previsto, pero el mensaje es que cada vez más la demanda estará localizada en las economías emergentes.
China, sin ir más lejos, está por el orden de los 9,5 millones de barriles diarios, casi el doble que a mediados de la década pasada.
Como consecuencia de esa realidad, la perspectiva en el mediano y largo plazo es que los precios del petróleo seguirán hacia arriba.
Qué tan rápido o qué tan lento lo hagan dependerá del crecimiento económico y de eventuales problemas con la oferta, pero los especialistas insisten en que en el sube y baja de las cotizaciones, al final de cuentas habrá más alzas que caídas.