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El suspenso continúa

Existe la sensación de que el tiempo para salvar al euro de desaparecer se está terminando.

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Si el tema no fuera tan serio, bien podría servir como material para una buena película de suspenso. Pero a diferencia de lo que ocurre en el cine, en este caso la tensión no tiene que ver con la suerte de un agente secreto o un héroe específico, sino con el futuro del euro, la moneda que comparten 17 naciones del Viejo Continente y cuyo devenir se encuentra en entredicho por los problemas que aquejan a esa zona del mundo.
El nerviosismo alrededor de la divisa tiene su fundamento en causas conocidas. El lío de la deuda pública, que inicialmente afectó a Grecia, Irlanda y Portugal, ahora amenaza no sólo a España e Italia, sino también les ha comenzado a pasar factura a Bélgica, Francia y la propia Alemania.
Tanto, que lo que era hace unas semanas un problema muy difícil de manejar se ha vuelto francamente insostenible. Semejante afirmación es más fácil de entender si se usa un ejemplo.
Ayer, sin ir más lejos, la Tesorería italiana hizo una emisión de bonos a 12 de años de plazo por la que tuvo que pagar una tasa de interés del 7,2 por ciento anual. Esa rentabilidad es 2,7 puntos porcentuales más alta que la que el mercado demandó en la subasta previa.
De tal manera, cuando se tiene en cuenta que las obligaciones que tiene Roma –las cuales ascienden a 1,9 billones de euros– podrían subir en esa proporción, no hay austeridad que sirva para financiar un alza de tal magnitud. Si bien en la práctica el asunto es más complejo, una simple regla de tres da un panorama realmente alarmante. Ante la eventualidad de una debacle, es indudable que se necesaria la toma de medidas de urgencia.
En términos concretos, eso quiere decir que hay que establecer un mecanismo para que bajen los intereses o que el costo de financiar los próximos vencimientos de títulos de deuda regrese a los parámetros del pasado.
Pero como dicha decisión no es unilateral, sino tiene que ver con la percepción que hay sobre el riesgo de varias naciones, hay que buscar fuentes más baratas. Ese es el motivo por el cual decenas de analistas han repetido hasta el cansancio que la solución pasa por un rol mucho más activo del Banco Central Europeo, que, sobre el papel, tiene la posibilidad de darle la mano a las naciones del bloque comunitario que se encuentran en dificultades.
El inconveniente es que Alemania se ha opuesto a tal opción, al considerar que sería una manera de premiar a quienes han sido irresponsables en el manejo de sus cuentas, pues les quitaría presión para poner la casa en orden.
La posición de Berlín, a decir verdad, no está exenta de razón. Lo malo es que sin desconocer los excesos en que han incurrido las naciones del área mediterránea, un incumplimiento en los pagos de alguna de ellas puede generar un verdadero terremoto cuyas réplicas acabarían sintiéndose en todas partes. En el peor de los casos, la quiebra de Grecia –para sólo mencionar el caso más grave de todos– pondría en peligro la supervivencia de decenas de bancos y ocasionaría un efecto dominó que llegaría a ser más grave que el de hace tres años, cuando Lehman Brothers tuvo que cerrar sus puertas.
Tal como en ese entonces, una recesión global sería previsible, ya que una debacle financiera llevaría a un bajón en los flujos de comercio y en los precios de los productos básicos. Ante esa posibilidad, es aconsejable llegar a un acuerdo.
Eso es precisamente lo que están negociando los europeos, que tienen un plazo impostergable, pues a mediados de diciembre Atenas necesita que se le desembolsen 8.000 millones de euros para seguir a flote. 
Aparte de lo anterior, el objetivo es darle más músculo al fondo comunitario creado para ayudarle a los socios en problemas e involucrar más a entidades como el Fondo Monetario Internacional. Hasta que eso no pase, momentos de euforia como los que vivieron ayer las bolsas globales no tendrán fundamento real, puesto que el paciente seguirá grave hasta que no llegue otra medicina. 
RICARDO ÁVILA PINTO
ricavi@portafolio.co
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