No deja de parecer increíble que un acuerdo que llevaba años en el congelador acabara saliendo adelante en cuestión de días.
Pero eso fue lo que ocurrió ayer cuando, tras una semana de haber comenzado su tránsito formal, el Tratado de Libre Comercio entre Colombia y Estados Unidos fue aprobado por las plenarias de Cámara y Senado, junto con los pactos de Panamá y Corea del Sur, que también se encontraban en fila.
Termina así la larga espera de casi cinco años y comienza otra etapa: la de prepararse en serio para la entrada en vigor del TLC una vez se surtan varios trámites procedimentales, algo que puede tomar entre 8 y 12 meses si se miran las experiencias de otros países.
Por tal motivo, no vale la pena llorar sobre la leche derramada o escuchar las profecías catastróficas de quienes encontrarán en el tema elementos para hacer política.
Aunque siempre será fácil decir que tal o cual cláusula habría podido negociarse mejor, lo fundamental es que el empresariado entienda que la realidad va a ser diferente dentro de poco.
Desde el punto de vista de las importaciones, en ciertas áreas el proceso va a ser más gradual que en otras.
Esto dependerá del escenario de desgravación, que puede tomar nueve años o más, si bien el destino será igual para todos en el largo plazo.
No obstante, y en forma inmediata, Colombia arranca con cierta ventaja por el hecho de que una parte más amplia de su oferta exportable entrará al mercado estadounidense sin pagar aranceles.
Debido a ello, hay que comenzar a identificar oportunidades desde ahora, algo que es fácil de decir, pero que requiere de contactos y dedicación.
La necesidad de que eso sea así es innegable.
A pesar de que a primera vista el país mantiene un confortable superávit comercial con Estados Unidos, el cual fue de 6.765 millones de dólares en el 2010 y llegó a 4.025 millones hasta julio, un análisis más detallado revela varias debilidades. Para comenzar, el 72,5 por ciento de las exportaciones a ese destino –que entre enero y agosto ascendieron a 13.791 millones de dólares– correspondió a combustibles y aceites minerales, mientras que un 9 por ciento adicional fue atribuible al ramo de piedras finas y metales preciosos.
El hecho de que algo menos de dos de cada diez dólares facturados correspondan a bienes agrícolas o industriales es un campanazo de alerta hacia el futuro.
Dicho de otra manera, la relación de Colombia con la economía más grande del mundo no puede estar basada de manera creciente en hidrocarburos, mientras los demás segmentos pierden participación en la canasta exportable. Reconociendo que el TLC siempre será un asunto polémico, la mejor manera de zanjar la discusión es probar que los productores nacionales tienen cómo aprovechar las oportunidades derivadas del acuerdo, consiguiendo incrementar sus ventas.
En la medida en que dicho objetivo se consiga, será posible volver realidad los sueños de más crecimiento y mayor generación de empleo, que son en último término la justificación del pacto comercial.
Además, hay que promover al país como plataforma productiva, algo que puede ser atractivo para empresas de otras latitudes. También un eventual salto en la inversión nacional o extranjera debido al TLC serviría para impulsar la necesaria transferencia de tecnología.
Sin embargo, antes de pensar en cuentas alegres, es indispensable hacer la tarea. Esto implica que el sector privado debe entender que las barreras que antes nos aislaban del resto del mundo cada vez son menores, por lo cual tiene que prepararse para competir y vender más.
Al tiempo que eso ocurre, el Gobierno debe liderar el proceso y hacer lo que le corresponde en lo que tiene que ver con reglas de juego e infraestructura, tanto con una perspectiva inmediata como de largo plazo. Para usar la frase conocida, ahora sí llegó el momento de poner las manos en la obra.