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Trabajo igual, salario igual

Garantizar la autonomía económica de las mujeres colombianas es un paso adelante para derrotar el machismo y su violencia.

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Este lunes el mundo conmemoró el Día Internacional para la Eliminación de la Violencia Contra la Mujer de Naciones Unidas. Este año este organismo internacional se concentró en la violencia sexual y en la violación, que es sólo uno de los múltiples tipos de violencia.
En años recientes la concientización colectiva sobre las distintas violencias y agresiones contra las niñas, mujeres y ancianas ha crecido alrededor del planeta y, también, en Colombia. Por ejemplo, la sensibilización ante los casos de acoso sexual y laboral es hoy mucho mayor que antes. Lo que antes era tolerado, e incluso festejado, ahora es cada vez más rechazado y hasta penalizado.
Si bien esos cambios sociales son notorios y masivos, existen otras áreas de la sociedad donde la brecha entre hombres y mujeres no solo es inmensa, sino que no da muestras de cerrarse. Una de estas áreas es la economía.
La autonomía económica es una tarea pendiente de la sociedad colombiana. Que las mujeres tengan ingresos propios y participen activamente en el mercado laboral no sólo es un derecho, sino también configura un prerrequisito para su desarrollo personal.
La mitad de las mujeres colombianas están fuera del mercado laboral. De acuerdo a cifras del Dane, mientras la tasa de participación laboral femenina es del 54 por ciento, la masculina es del 75 por ciento. Estas estadísticas son peores en las áreas rurales.
En materia de desempleo, la cara de este flagelo es una mujer joven entre 18 y 28 años. Esto obviamente impacta los ingresos. Según la organización estadística, por cada 100 pesos que gana un hombre, un mujer recibe 88 pesos por realizar el mismo trabajo.
Esta brecha salarial empeora en los niveles educativos más bajos. Aun con estudios universitarios, una mujer recibe un salario inferior al de un hombre. Las razones detrás de esta injusticia son múltiples e incluyen una mejor capacidad masculina para negociar la paga o la discriminación contra la mujer en los ascensos.
De hecho, una mirada a los presidentes y las cabezas en el listado de las empresas y conglomerados más grandes del país refleja una presencia mayoritariamente masculina. Esto destaca aun más las capacidades y los talentos de un puñado de mujeres que lideran compañías en sectores como hidrocarburos, energía y finanzas, entre otros.
No hay justificación alguna para esa desigualdad y esta es una situación inaceptable que atenta contra el empoderamiento de las mujeres. La economía colombiana no puede sostener un desequilibrio estructural que le impide a literalmente la mitad de la población desplegar su máximo potencial.
Las expresiones machistas son tradicionalmente identificadas en el hogar y en las relaciones interpersonales, así como en la violencia intrafamiliar contra la mujer. En las esferas económicas se mantienen roles diferenciados que cargan a estas últimas con mayor un peso en las actividades del hogar y del cuidado de la familia.
Un abordaje desde el género a las actividades económicas es útil, por ejemplo, en el diseño de instrumentos de medición de las brechas entre hombres y mujeres. Asimismo, puede dinamizar el debate sobre políticas públicas alrededor del balance entre trabajo y familia, como las licencias compartidas.
La equidad entre hombres y mujeres se experimenta cotidianamente en los lugares de trabajo y no solo en la intimidad del hogar. A la concientización sobre la lucha contra la violencia intrafamiliar y contra la mujer, debe sumarse la del acoso laboral y otras formas de violencia machista en el mundo laboral.
En los últimos años, Colombia ha logrado avances que cierran la brecha entre hombres y mujeres. La económica es una de las más difíciles. Falta mucho trecho para la igualdad.
Francisco Miranda Hamburger
framir@portafolio.co
Twitter: @pachomiranda
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