El texto cabe en una página, pero no por ser de corta extensión es de menor importancia. Todo lo contrario. De hecho, hacía rato que las discusiones respecto al papel de las empresas en la sociedad no eran tan intensas en diversos lugares del mundo, como lo demuestra que The Economist le haya dedicado su portada actual al asunto.
El debate comenzó por cuenta de una organización sin ánimo de lucro que tiene sede en Washington. Llamada Business Roundtable (BRT), la agremiación fue fundada en 1972 y sus integrantes son los presidentes de las compañías norteamericanas más destacadas, que en conjunto emplean a más de 15 millones de personas a lo largo y ancho del planeta, con nombres tan conocidos como Jeff Bezos de Amazon, Tim Cook de Apple o Mary Barra de GM.
Con semejante membresía es de imaginar el efecto que tiene el “pronunciamiento sobre el propósito de una corporación”. Mientras 22 años atrás el mismo club de poderosos señaló que el objetivo principal de una firma debería ser “generarle retornos económicos a sus propietarios”, ahora el lente necesita ser mucho más amplio.
En concreto, el compromiso es con cinco principios: entregar servicios o bienes de valor a los clientes; invertir en los empleados y remunerarlos de forma justa; negociar de manera justa y ética con los proveedores; apoyar a las comunidades en donde está ubicada una compañía determinada; y generar rentabilidad de largo plazo para los accionistas.
No hay duda de que ese cambio de paradigma -fundamental, según algunos- responde a las amenazas que enfrenta el capitalismo, comenzando por los países que lo vieron nacer. En Estados Unidos, sin ir más lejos, hay una gran proporción de la ciudadanía que les atribuye a los conglomerados el deterioro en su calidad de vida.
Mientras en las redes sociales y los programas de entretenimiento hay noticias continuas sobre los excesos de los poderosos, hace poco se informó que 45 por ciento de los hogares norteamericanos no pudieron disfrutar de vacaciones de verano en la presente temporada debido a la falta de dinero. La sensación es que la torta está siendo repartida, cada vez de peor manera, algo que confirman los trabajos del académico francés Thomas Piketty.
El riesgo que trae semejante realidad se expresa en las urnas. Los populistas -como Donald Trump- aprovechan las frustraciones del electorado para llegar al poder y tienden a polarizar la sociedad en la que viven. Al mismo tiempo, los jóvenes que habitan en las ciudades y cuentan con un buen nivel de educación se muestran desilusionados con el sistema al que consideran causa de parte de los males del mundo de hoy.
Por tal motivo, la carta del BRT es un campanazo de alerta que empieza a ser escuchado en diferentes lugares del planeta. Aparte de reiterar que el sistema de libre mercado es el mejor de todos a la hora de crear buenos empleos, oportunidades, innovación y prosperidad, es sonoro el mensaje de que quienes están en la cabeza de las principales compañías no solo deben preocuparse por lo que digan los estados financieros.
Alguien dirá que planteamientos así vienen desde hace años. El profesor Michael Porter habla de la importancia del valor compartido, mientras estudiosos como Raj Sisodia abogan por el capitalismo consciente. Uno de los libros más aplaudidos del año pasado fue escrito por Paul Collier de Oxford y lleva como título “¿Puede el capitalismo salvarse a sí mismo?”.
No obstante, la diferencia es que esta vez son líderes empresariales los que se hacen oír. No faltará quien exprese un gesto de escepticismo al ver a Jamie Dimon, líder del banco JP Morgan Chase, diciendo que hay que pensar en más que utilidades, pero aun así vale la pena escucharlo. También en Colombia.