En medio de las preocupaciones que surgen por cuenta de las circunstancias internacionales, que ayer se volvieron a reflejar sobre el nivel de la tasa de cambio, los analistas insisten en la necesidad de que Colombia aumente sus ingresos externos.
Lamentablemente, las exportaciones no muestran la dinámica esperada, no solo por el mediocre comportamiento de nuestros principales mercados, sino debido a la baja en la cotización de algunos bienes primarios, como ocurre con el carbón.
Afortunadamente, dentro de las fuentes de divisas hay una que no muestra síntomas de flaquear. Se trata de las remesas que envían aquellos colombianos que decidieron probar suerte en otras latitudes y cumplen con el ritual periódico de hacerles un giro o transferencia a los integrantes de su familia que se quedaron en el territorio nacional.
Según las estadísticas más recientes del Banco de la República, hasta el mes pasado el acumulado del 2019 iba en 3.815 millones de dólares, con un alza superior al 10 por ciento frente al año precedente.
Como ha sido tradicional, Estados Unidos y España son las naciones desde donde más se envía dinero, lo cual obedece no solo a la presencia de una diáspora de considerable tamaño en esos países, sino a un desempeño aceptable de ambas economías.
La mayor fortaleza, sin duda, se nota en el llamado “coloso del norte”. El descenso en la tasa de desempleo hasta un punto cercano al mínimo histórico beneficia también a los inmigrantes de origen hispano que cuentan con trabajos más estables.
Como consecuencia, en el 2018 varias naciones de la región, aparte de Colombia, registraron ingresos récord de remesas, incluyendo a México, Honduras, Guatemala o República Dominicana, entre otros, que alcanzaron crecimientos de doble dígito.
Más allá de las políticas de Donald Trump en contra de quienes se encuentren en situación de ilegalidad, los que le siguen la pista al tema insisten en que la tendencia de los números debería continuar al alza. La realidad del mercado laboral es una sola y no ha cambiado, más allá de que ahora aparezcan otros nubarrones en el horizonte.
Debido a ello, Colombia se apresta a alcanzar una nueva marca, que parecía impensable al comenzar la década. Pero más allá de los 6.683 millones de dólares contabilizados en los últimos doce meses -con una variación cercana al 13 por ciento- tal vez lo más llamativo es el impacto de los giros venidos del exterior en la economía nacional.
Si se toma como base la tasa representativa de mercado mensual desde enero hasta julio y se hace la conversión del caso, salta a la vista que en lo corrido del año los hogares habrían recibido casi 12,2 billones de pesos, un incremento de más del 23 por ciento frente al calendario previo.
En respuesta, los puristas dirán que la liquidación sería menor pues el cambio usualmente es más bajo en el caso de las personas naturales. No obstante, lo que no se puede discutir es la magnitud del aumento.
Qué impacto pueden tener esos recursos es algo que merece una atención de las autoridades. Es conocido que la mayoría de los fondos llegan a los bolsillos de familias ubicadas en el Valle del Cauca, el eje cafetero, Cundinamarca -incluyendo a Bogotá- y Antioquia. Lo que no se sabe bien es el destino de esa suma suplementaria, porque no hay investigaciones académicas recientes.
En otros tiempos, la política gubernamental fue más explícita en la propuesta de “sembrar” las remesas. La estrategia consistía en estimular la compra de activos duraderos como una vivienda o la financiación de la educación de los más jóvenes, en lugar de promover el consumo.
No estaría de más volver a reforzar ese mensaje. Sin duda hay un auge de remesas. El gran desafío es evitar que esa especie de bonanza se vuelva, simplemente, plata de bolsillo.