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Vacantes y renuncias

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Fue Alfonso López Pumarejo quien habló sobre “ver caras nuevas en los carros oficiales”.
Para el expresidente liberal, la expresión hacía alusión a la necesidad que tiene un gobierno de renovar a sus principales directivos de vez en cuando, con el fin de ganar margen de maniobra tanto frente a la opinión como a la clase política.
Ese cambio de pasajeros en los vehículos públicos cuenta en Colombia con una expresión precisa que, para algunos, bien podría calificar como un deporte nacional: la gabinetología.
Y es que el domingo, después de que termine el Mundial de Fútbol, una buena parte del espacio del que disponen los medios se dedicará a las cábalas sobre la composición de los principales cuadros del Ejecutivo, incluyendo entidades y ministerios, ahora que la administración Santos se apresta a iniciar un nuevo periodo.
Aunque en principio no hay nada que obligue al mandatario reelegido a hacer sustituciones en su equipo de titulares, la realidad dispone otra cosa.
Para comenzar, hay funcionarios que están cansados, tras cuatro años de intensa labor y que desean regresar al sector privado, irse para la academia o tomar distancia a través de un puesto diplomático.
Más de uno se ha encargado de pasar el mensaje e incluso hay quienes ya cogieron otros rumbos.
En el grupo también se encuentran los que quieren seguir, pero entienden que son de libre nombramiento y remoción.
Muchos en esta categoría se han dedicado a ganar puntos a través de realizaciones, con la esperanza de que sus méritos sean suficientes para dejarlos donde están y son presa de la más cruel incertidumbre.
Finalmente están aquellos cuya labor resultó ser inferior a las expectativas que se generaron cuando los nombraron o que cometieron el error de hacerle el juego al candidato de la oposición.
Algunos reciben con humildad la insinuación de retirarse y se van calladamente, mientras que otros salen dando un portazo.
Independientemente de quiénes se ubiquen en cualquiera de esos tres renglones, es claro que habrá una buena cantidad de vacantes.
No obstante, en manos de la Casa de Nariño está la potestad de que el total de plazas sea mayor o menor, algo sobre lo cual es imposible poner a los analistas de acuerdo.
Para unos, hacer muchos reemplazos le permitiría a Santos prolongar su luna de miel ante la ciudadanía, en la medida en que nombre a personas capaces, que igual necesitarán un compás de espera mientras arrancan.
El problema es que si hay muchas plazas disponibles se despertará el apetito de una clase política que aspira a pasar factura tras las elecciones, a sabiendas de que se vuelve aún más insaciable si se le alimenta.
Los segundos, en cambio, consideran que las sustituciones deben ser reducidas.
Es verdad que eso ahonda la sensación de que siguen los mismos con las mismas, pero se evita el riesgo de la curva de aprendizaje para buena parte de un Gobierno que ha fallado especialmente en sus índices de ejecución.
No hay duda de que ante esta opción, todas las bancadas se van a molestar, pero los cínicos señalan que de todos modos nadie va a quedar contento.
¿En qué sentido se va a inclinar Santos? Es imposible saberlo, pues tradicionalmente los presidentes en Colombia son mucho más inescrutables que un técnico de fútbol a la hora de definir una alineación.
Sin embargo, los gabinetólogos dicen que preferirá la segunda opción, a sabiendas de que en el Congreso que arranca el 20 de julio las cosas serán a otro precio por la presencia del uribismo.
Así, es mejor contar con un equipo que tenga más integrantes fogueados que novatos.
Si eso pasa o no, es algo que se comprobará en pocos días. Mientras tanto, los analistas y las cabezas de las 204 entidades del orden nacional que responden por 24 sectores diferentes –y los que aspiran a sustituirlos–, seguirán a la expectativa de saber si, como dice la canción, hay cama pa’ tanta gente.
Ricardo Ávila Pinto
ricavi@portafolio.co
Twitter: @ravilapinto
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