Cuando dentro de unas pocas semanas el Dane dé a conocer el dato sobre el comportamiento de las exportaciones colombianas el año pasado, no faltará quien lo celebre.
Al fin de cuentas, todo apunta a la confirmación de un nuevo récord histórico, después de haber llegado a 56.954 millones de dólares en el 2011.
Cálculos preliminares de la Dian revelados la semana pasada por Portafolio hablan de al menos 58.000 millones de dólares facturados, mientas que la cifra hasta noviembre iba en 54.690 millones.
Una suma de tal magnitud sería cerca de cinco veces superior a la registrada hace diez años, lo cual muestra que en un periodo corto el país ha alcanzado niveles que parecían impensables al comenzar el siglo.
Y aunque ese es un motivo de congratulación, pues de la mano de lo sucedido se han visto llamativas tasas de inversión y un crecimiento económico superior al promedio del último cuarto de siglo, también vale la pena detenerse en algunos aspectos de lo sucedido.
La razón es que no todas las tendencias son necesariamente positivas y pueden ser fuente de problemas en un futuro no muy lejano.
Así se puede calificar, por ejemplo, la creciente concentración de las exportaciones en bienes asociados a la minería.
Cuando se suman las ventas de hidrocarburos, carbón, ferroníquel, oro y unos cuantos capítulos más, la proporción asciende al 78 por ciento del total.
Tan solo el petróleo representa la mitad de lo que se envía al exterior.
En contraste, los demás ramos siguen estancados, particularmente aquellos en los que se puede hablar de mayor generación de empleo o un componente más alto de valor agregado.
Eso quiere decir que el auge vivido se limita a unos pocos ítems, como lo muestra el caso de las manufacturas, que en el 2012 escasamente superaron los 10.000 millones de dólares, lejos de lo alcanzado en el 2007 cuando llegaron a 11.752 millones, y en cercanías de lo visto desde el 2009.
Si a esa realidad se le suma la volatilidad en las cotizaciones de los bienes primarios, la posibilidad de mantener el ritmo ascendente es remota o estará condicionada a saltos puntuales debido a perturbaciones políticas globales.
En lo que hace al petróleo, todo apunta a estabilidad en cercanías de los 90 dólares por barril para la variedad WTI.
Un caso más llamativo todavía es el del carbón, cuyos precios han descendido como consecuencia de los enormes hallazgos de gas natural en Estados Unidos, en respuesta al uso de tecnologías no convencionales.
Dicho factor ha incidido en una recomposición de la canasta energética que impacta tanto la demanda de hidrocarburos como el valor de la tonelada del mineral que constituye el segundo renglón más importante de las exportaciones.
Por otra parte, está el asunto de los destinos. Hasta noviembre, los mercados más dinámicos eran España, China, Venezuela, Panamá e India. En la mayoría de los casos los saltos fueron explicados por la apertura de nuevos canales para el despacho de productos básicos como petróleo o carbón.
Y si bien los venezolanos aumentaron sus compras en 62 por ciento, una parte importante tiene que ver con el gas natural de La Guajira, reconociendo que animales vivos ha vuelto a figurar en las estadísticas.
En contraste, Estados Unidos no creció, a pesar del TLC, y en Canadá –con el cual el pacto lleva más de un año de vigencia– la caída fue del 23 por ciento.
Todo lo anterior debe conducir a mirar las cosas con mesura.
Más allá del máximo histórico del 2012, lo más probable es que romper esa marca sea tarea de varios años.
Pero lo más inquietante es que la tan recomendada diversificación productiva no se refleja en las exportaciones y que el riesgo de una caída ha subido, a pesar de los acuerdos de libre comercio en marcha.
Una vez más, la tasa de cambio aparece como el gran culpable en el comportamiento de un sector que, cuando se mira bien, realmente no tiene tantos motivos para celebrar cómo le va.
Ricardo Ávila Pinto