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Ahora viene lo difícil

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El ambiente de celebración que se vivió el pasado domingo en la noche en la Plaza de la Bastilla en París lo expresaba todo.
Entre abrazos, risas y música, decenas de miles de personas eufóricas saludaron el triunfo de François Hollande como nuevo presidente de Francia.
Pero detrás del clima festivo que siempre rodea a los partidarios del candidato ganador en una democracia, había un mensaje claro: el de decirle no a la austeridad, una palabra que hoy en día, en Europa, es la más abominada del diccionario.
Por tal razón, la victoria del Partido Socialista en la contienda gala abrió una serie de interrogantes, cuyas respuestas serán definitivas para la marcha del Viejo Continente.
Y es que en diferentes países ha quedado claro que la ciudadanía está hasta el ‘cogote’ de la crisis que completa más de tres años de existencia.
Debido a ello, con Nicolás Sarkozy -quien no pudo repetir mandato- se completa una docena de presidentes o primeros ministros europeos que han tenido que dejar el cargo desde finales del 2008.
En todos los casos, los motivos son el desempleo, la falta de oportunidades y el desmonte más o menos acelerado del Estado de bienestar que hasta hace poco garantizaba la educación, la salud o una pensión aceptable en esa parte del planeta.
Ahora, la viabilidad de tales beneficios está en entredicho, pues ante la necesidad de cerrar la brecha en las finanzas públicas y honrar las deudas gubernamentales, la salida ha sido la de apretarse el cinturón. En países como Grecia, Portugal o España, los recortes han tenido unas consecuencias sociales inmensas, pero, en general, la población está cansada de los sacrificios sin que se vea la luz al final del túnel.
Además, muchos culpan a Alemania de la situación, ante la insistencia de Berlín de mantener un déficit fiscal inferior al tres por ciento del Producto Interno Bruto en las 27 naciones que componen la Unión Europea.
Si bien han tenido lugar algunas disidencias dentro del bloque comunitario, lo cierto es que las rígidas normas impulsadas por la canciller germana Ángela Merkel y secundadas por Sarkozy siguen vigentes.
No obstante, ahora que el eje ‘Merkozy’ desaparece por sustracción de materia se van a enfrentar la disciplina teutona con la petición de que las normas se relajen un poco, para que así pueda regresar el crecimiento económico.
A eso, por lo menos, aspira Hollande, dentro de cuyas promesas de campaña estuvo la de aumentar el gasto público y reversar algunas decisiones tomadas por el Palacio del Eliseo.
Y ese no es el único caso. El descalabro que sufrieron los partidos tradicionales griegos en las elecciones parlamentarias del domingo también tuvo su origen en la austeridad impuesta por Bruselas. Igualmente, en España, Italia y Holanda es claro el descontento, con lo cual los alemanes se pueden estar quedando solos a la hora de defender sus rígidas posturas.
Pero el tema no es tan sencillo, pues no hay que olvidar que los mercados pueden ser mucho más implacables que los políticos. Dicho de otra manera, si las bolsas consideran que los europeos han perdido la voluntad de poner la casa en orden, es posible que vuelvan a subir las primas de riesgo y sea mucho más difícil que ahora colocar bonos entre los inversionistas.
En el caso más extremo, incluso, podría llegarse a una crisis financiera que dejaría en entredicho el futuro del euro como moneda común.
Por tal motivo, el desafío del nuevo presidente francés no es nada fácil. De un lado, tiene que cumplirles a sus partidarios, mientras que, del otro, está obligado a mantener la rienda corta.
La palabra austeridad es antipática, pero hay otras todavía peores. Y François Hollande está a punto de descubrir en carne propia que no la tiene fácil, pues por cuenta de lo que haga su gobierno, no solo Francia, sino Europa en pleno, se juega su futuro.
Ricardo Ávila Pinto
ricavi@portafolio.co
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