La caída del presidente boliviano, Evo Morales, marca el fin del último de los mandatarios de izquierda que llegaron al poder en la ola de principios de siglo. Tras casi 14 años en el poder y tres mandatos presidenciales, Morales renunció el pasado domingo en medio de protestas ciudadanas por el fraude en las elecciones del 20 de octubre.
En solo tres semanas, la oposición boliviana cercó a Evo con intensas manifestaciones en las calles y, tras la confirmación de la OEA de graves irregularidades en los comicios, el primer presidente indígena de ese país perdió el apoyo de las Fuerzas Armadas y otros aliados políticos.
Desde su primera victoria electoral en 2005 Morales había gozado de cómodas mayorías en las urnas y su partido controlaba el aparato estatal boliviano, las cortes y las autoridades electorales. No obstante, en 2016 perdió un referendo para poder lanzarse a un cuarto periodo presidencial por estrecho margen. Evo desconoció esos resultados y cambió las reglas de juego para estas elecciones de octubre pasado.
Ese fue su grave error. Su apoyo electoral cayó a menos del 50 por ciento y quiso saltarse la segunda vuelta manipulando los resultados de las urnas. En 21 días estaba fuera del poder.
El caso de Evo Morales ratifica que, aunque la economía ande bien, el descontento político de una ciudadanía puede borrar esos resultados. El balance económico de la era Morales es en general positivo para Bolivia. Su gobierno le cambió la cara al poder en un país con mucha segregación racial. Impulsado por la bonanza de materias primas, en especial gas natural, Evo cuatriplicó el tamaño de la economía boliviana, promovió las obras de infraestructura, aumentó el gasto público en programas sociales y redujo la pobreza extrema en 20 puntos porcentuales. Aunque con negros nubarrones en el corto plazo, Bolivia proyecta un crecimiento alrededor del 4 por ciento del PIB en este año en medio de un entorno regional complejo.
Mientras Morales denuncia que fue víctima de un golpe de Estado, se mantiene la incertidumbre acerca del futuro político de Bolivia. Toda América Latina está atenta a que se surtan los canales constitucionales para que se restablezca el orden institucional en La Paz y se convoque lo más pronto posible a nuevas elecciones. El talante democrático de la oposición que tumbó al Gobierno está en juego.