Prediales elevados, valorización, movilidad imposible, inseguridad en aumento, contaminación impresionante, informalidad dueña de las calles, salidas de la ciudad bloqueadas, vías cada vez más estrechas, el transporte público sin mejoras, son algunos de los males endémicos de la ciudad.
Pobres bogotanos. Pero viene lo peor: las obras simultáneas del metro y el TransMilenio por la séptima que, siguiendo la chambonería de nuestros ingenieros, tardarán el triple de lo estimado y costarán mucho más de lo adjudicado.
Algunos dirán que soy muy pesimista pero parece que no soy el único. El mercado inmobiliario en las zonas que serán afectadas por las obras está paralizado. No se vende nada y los precios bajan. La arteria principal de Bogotá quedará traumatizada durante varios años. Hay empresas que evalúan el costo de estar situadas sobre una obra cuyo impacto es imprevisible. Cada nueva estación de TransMilenio por la séptima traerá sus vendedores de arepas, tricitaxis, estaciones informales de amarillos y mercaderes de cuanto producto sea posible imaginar. Los habitantes de estas zonas tiemblan pensando en el deterioro adicional de su baja calidad de vida.
La realidad es que Bogotá, mi ciudad, ha ido llenándose de condiciones que la hacen cada vez menos atractiva. No puede ser productiva ni competitiva una ciudad con tantos problemas estructurales y con servicios públicos tan onerosos. En el 2018, el promedio de reajuste en el servicio de energía eléctrica en el país fue de un escandaloso 8,82 por ciento, un 277 por ciento más alto que la inflación registrada que fue del 3,18 por ciento. ¡En el caso de Bogotá, fue del 12,55 por ciento lo que equivale a un incremento 400 por ciento superior al índice de precios nacional!
El agua es costosísima en la capital a pesar de que las redes del acueducto son obsoletas. El servicio de basura pesa cada vez más en las facturas. Los niños deben levantarse cada año escolar más temprano para lograr llegar a la misma hora e iniciar sus jornadas escolares. Lo mismo les sucede a todos los trabajadores que deben castigarse para poder atender sus obligaciones laborales. Cuando mi hijo inició su carrera hace 4 años salía a las 6 y 20 minutos de la casa para llegar a la clase de 7:00.
Hoy, si no sale a las 5 y 50 minutos de la mañana, no llega puntual a clase. Media hora más temprano en cuatro años y ello sin contar el efecto de las obras de TransMilenio por la séptima. Esto implica que quienes inician este semestre su carrera probablemente deberán salir de sus casas a las 5:00 a.m para poder llegar a clase de 7:00 a.m. cuando vayan concluyendo sus estudios.
Esa es la verdad de una ciudad costosa y con una calidad de vida decreciente. Peñalosa ha sido un mucho mejor alcalde que Petro. Le devolvió la racionalidad a una administración que fue el caos absoluto. Pero su gobierno no ha tenido los éxitos de su primer mandato que nos hizo llenar de esperanza, orgullo y optimismo.
Los bogotanos somos conscientes que nada sustancial va a cambiar en nuestras vidas en los próximos años. Por el contrario, sabemos que las cosas van a empeorar. Ojalá a mis nietos les toque la época dorada de la capital.