¿Prosperidad cafetera?

Pocos días después de asumir el cargo, el presidente Santos firmó con la Federación de Cafeteros el

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Allí se dice que “la caficultura es la actividad agrícola más idónea para ayudarnos en las metas de reducir la pobreza, generar empleo formal, y consolidar alternativas para que las familias desplazadas retornen a sus parcelas”. Ambiciones estas que nos obligan a preguntarnos si, bajo el actual modelo productivo, será posible lograrlas. He aquí algunos motivos de preocupación:
- El producto que durante tantos años fuera el más competitivo del agro colombiano, sostén de la balanza de pagos y proveedor, en muchas ocasiones, de financiamiento al Estado colombiano, ya no puede tener éxito sin el apoyo recurrente del Presupuesto Nacional. $ 200 mil millones es la suma que para objetivos meritorios pero rutinarios de la Federación, tales como la lucha contra la roya y la protección del ingreso de los productores, acaba de prometer el Gobierno. No hay motivos para suponer que esta dependencia que viene de tiempo atrás, vaya a ceder en el futuro previsible.
- La sustancial pérdida de productividad del cultivo. El área sembrada se ha mantenido en 870 mil hectáreas, mientras que la producción anual se ha reducido de un promedio de 11 millones de sacos en los 10 últimos años, a algo así como 8.5 millones en la actualidad
- El efecto combinado de la revaluación del peso y del incremento de los salarios reales, factores de especial gravedad tratándose de un cultivo intensivo en mano de obra. Un solo dato demuestra la gravedad del problema. Tomando como año base 1980, la relación precio interno/salario nominal ha caído en un 62%. Lo que esto significa es un desplome de la rentabilidad del cultivo ante el encarecimiento de la mano de obra, que es su principal insumo.
- La paulatina reducción del tamaño promedio de las parcelas. A pesar de los elevados precios que hoy se pagan en el mercado internacional, es imposible, para una vasta mayoría de los productores, generar ingresos netos superiores al salario mínimo. Según la Federación, el tamaño mínimo de las plantaciones debe ser de 5 hectáreas, requisito que cumple apenas el 5% de las parcelas.
- La resistencia de muchos productores a la realización de las prácticas culturales encaminadas a contrarrestar las endemias que afectan el cultivo, a pesar de la oferta de recursos financieros ampliamente subsidiados, y de un vasto cuerpo técnico disponible para apoyar la renovación del parque existente. Este fenómeno podría ser causado, en parte, por la baja la rentabilidad del cultivo. Para la mayor parte de los productores los ingresos disponibles apenas alcanzan para cubrir sus necesidades básicas.
- La constatación de que los índices de pobreza y desempleo en buena parte de la zona cafetera están por encima de los promedios nacionales. En efecto; mientras el promedio general de pobreza es del 50% de la población, en las zonas cafeteras es del 55%.
La preparación del Plan General de Desarrollo para los cuatro próximos años crea una ocasión propicia para un debate sobre el futuro de la caficultura, en el que participen todos los sectores involucrados en la cadena de agregación de valor, tal como lo ha pedido Fedesarrollo. En fin de cuentas, el Gobierno pretende que el café sea la locomotora del agro, el cual, a su vez, debería ser una de las locomotoras del crecimiento.
 
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