El placer de la ausencia
El universo y el mundo nos colman de cosas y objetos y, en ocasiones, el espacio libre, liviano, no denso, se convierte también en un privilegio.
El silencio es la ausencia de ruido. Como el negro es la ausencia de blanco y el frío la ausencia de calor. Es el contraste que nos hace valorar el opuesto. Por eso, el silencio es un regalo que disfrutamos en mayor medida cuanto más bullicio hay alrededor. En la música es tan importante como lo es el lienzo limpio para el pintor, las pausas entre palabras y los versos del poeta, la quietud para el bailarín y los espacios sin trazos para el arquitecto. Los compositores lo emplean para crear tensión, para aliviarla o para dar un descanso al intérprete después de un pasaje largo o complicado.
Ante el sonido estrepitoso de mensajes, la calle, los carros y las motos, las noticias, los e-mails, las redes sociales, los medios masivos, y un ambiente crispado en los debates del entorno, la reivindicación del silencio surge como un remanso, como una cualidad, una señal de fortaleza interior, de madurez y seguridad íntima. Quizás por eso hay que sospechar de los que hacen mucho ruido, a quienes aturde el silencio.
Algo de esto defendió el abate Joseph Antoine Toussaint Dinouart, en su ensayo escrito en París en 1771, El arte de callar. Dinouart fue un eclesiástico que escribió sobre múltiples temas, en particular en torno a las mujeres, como lo fue su texto El triunfo del sexo ( 1749). “Solo se debe dejar de callar cuando se tiene algo que decir más valioso que el silencio”, sostuvo, rescatando el valor de no sentirse obligado a opinar siempre, de sopesar el por qué y el para qué de las palabras.
Me encontré ese librito hace unos años en una librería del barrio Palermo de Buenos Aires, con nombre inspirador, Eterna cadencia, que evoca de refilón el placer del ritmo no estridente y discreto de los textos.
Y así como el silencio nos deleita, lo mismo sucede con el vacío, ese espacio real en el que no hay nada, o casi nada, ante la ausencia de materia. El universo y el mundo nos colman de cosas y objetos y, en ocasiones, el espacio libre, liviano, no denso, se convierte también en un privilegio. Como lo puede ser una calle sin carros, un restaurante sin gente, un valle sin caminos ni edificios.
Por supuesto, hay un vacío que oprime el alma. Esa sensación de añorar lo que no tenemos, lo que no somos, la ausencia de sentido por el cual vivir o morir; el dolor de saberse solo, no querido, de resultar indiferente para otros.
Pero hay otro vacío que es el que me ocupa ahora. Me refiero a la carencia que nos produce placer. Aquella que se expresa en tres palabras contundentes: ¡me haces falta!
La certeza interior de que, no obstante la lejanía física, alguien está ahí, presente, y que es objeto de nuestros pensamientos. Cuán distinto es despedirse de aquellos que queremos y nos quieren, a hacerlo con alguien para quien no significamos nada.
Jaime Bermúdez
Excanciller de Colombia
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