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Los adioses

Bogotá: se ha venido cocinando en su propio caos.

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Establecido que no es cierto que la rana se muera sin darse cuenta, cuando le calientan el agua lentamente, utilicemos el símil para indicar lo que le ha pasado a Bogotá: se ha venido cocinando en su propio caos. A tal punto, que la ciudad capital es hoy un teatro de anarquía, que sus habitantes protagonizamos en un papel depredador.
Hemos perdido, de a poco, una calidad de vida que apareció como un horizonte, al terminar la primera alcaldía de Enrique Peñalosa. Entonces, se asomó al mundo una ciudad ejemplar, que había mutado radicalmente de su desorganización babélica a un proyecto habitable fundado en el ser humano, que así empezaron a mirarnos desde el exterior.
Antanas Mockus irradió el poder redentor de la cultura ciudadana. Solo ese elemento –garrote y zanahoria– hacía posible la asimilación de mecanismos tan nuevos como Transmilenio, los andenes para la gente, las alamedas y el eje ambiental. Mockus se aplicó a ella con sus recursos histriónicos y su inteligencia incomprendida. Luego cayeron como roya los mandatos de Garzón, Moreno, López y Petro, demostrando aquí lo que Chávez y Maduro hicieron evidente pasando la frontera: que la izquierda habla muy bonito, pero destruye lo que le pongan.
Hoy, los andenes son un batiburrillo, miscelánea de necesidades, donde locales e inmigrantes incesantes, ahora reforzados por los venezolanos de la diáspora, tratan de sobrevivir en el gran lastre de Colombia: la informalidad.
Por ser una ciudad densa y concentrada, el caos tiene su evidencia mayor en la movilidad. Peatones, ciclistas, motociclistas, bicitaxistas, patinetistas, conductores públicos y privados, y quién sabe qué más especímenes, se hallan enzarzados en una guerra desafiante y osada, que se basa en un principio muy propio de este país: cada cual hace lo que se le da la gana.
Nadie respeta, no se cumplen las normas –la anomia es una gran lacra nacional– y todos vivimos aupados por la ‘Ley del Más Vivo’, principio que canoniza la trampa y vilipendia la legalidad. El pandemonio es posible, también, gracias a otro rasgo que campea por la patria como una hidra: la pérdida de la autoridad.
Papel fundamental en esa barahúnda es el que cumplen las bicicletas. Para quienes acompañamos a Peñalosa en el establecimiento de ese medio de locomoción como el ábretesésamo de la nueva y bienhechora movilidad –que él mismo impulsaba con recorridos épicos por las localidades–, resulta pesaroso ver la perversión del concepto. No es obligatorio el uso de cascos y chalecos, y muchos de quienes montan las ciclas son temerarios consagrados sobre dos ruedas, que les otorgan patente de corzo para la arbitrariedad.
Caso especial es el de la mensajería. Basada en el principio único de entrega veloz, no respeta nada. Con razón un columnista de Portafolio, acuñó eso en una frase ejemplar: “más peligroso que un mensajero de Rappi”.
De todo eso te hubiera querido hablar, Pacho. Saber tu opinión, porque nadie conocía y amaba a Bogotá como tú. Pero Nohra me avisó de la muerte del arquitecto Francisco Pardo Téllez. Y solo puedo decirte adiós a ti, con el mismo dolor con que despido a la Bogotá que pudo ser mejor.
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