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Un triz, un tricito y un tricitico

Formalmente más chiquitas eran la mincha y la mirrincha. Es decir, aproximadamente, un cuarto de pizca o un dieciseisavo de triz.

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La revolución ciclística que acaban de protagonizar los colombianos en Francia, en cabeza del zipaquireño Egan Bernal, ya patentó su lema oficial vía redes sociales: “Liberté, Égalité, Fraternité, Sumercé”.
Es la manifestación de un sincretismo que pone a rodar por los Campos Elíseos una parte de “el habla arcaica popular colombiana”, a la que se refiere Hernán Olano García en su trabajo “Boyacencismos”.
Yo estaba pensando justamente en eso, sumercé. Recordaba el entorno del barrio donde crecí, y en el que una cabuya invisible amarraba tres estancias cotidianas: la cocina, la tienda y la plaza de mercado. En ellas se usaba una jerga de medidas especiales, que determinaba cantidades y tamaños establecidos por el único rasero del sentido común e ilustrados con una parte del dedo, de la mano o del brazo, cuando la cosa ya era muy grande.
La Real Academia de la Jeta, un interesantísimo blog que los invito a fisgonear, trató el tema el 28 de marzo de 2012. Me voy a apoyar un triz en su divertida “Tabla de conversión de medidas colombianas”.
Sí: la unidad fundamental de este sistema métrico era el triz. A la comida podía echársele un triz de sal, por ejemplo. Equivalía, más o menos, a medio puchito, casi llegando a una pizca, pero lejos de una chichigua.
Se podía aplicar a la gastronomía o a la modistería, variando su valor en gramos o centímetros. Formalmente más chiquitas eran la mincha y la mirrincha. Es decir, aproximadamente, un cuarto de pizca o un dieciseisavo de triz.Si usted pensaba que ya había llegado a la nada absoluta, tenía que bajarse de esa nube.
Había gotiticas y tanticos y, sin embargo, la pizca y el triz podían comprimirse. Sobre todo, el triz. Porque la pizca admitía una pizquita, pero el triz se transfiguraba en un tricito, un tricitico y un tricititico. Es como si hoy nos hablaran de mini, de micro y de nano. El tricititico comprendía sacarse un ojo para verlo.
Estaban también las medidas para lo grande. De esas hacían parte una manotada, un jurgo, un montón, y una más global y expansiva que dejaba abiertas las puertas para una cantidad insondable, incluso de dolor: harto. Superlativo: hartísimo.
Había plataos, baldaos y manotaos. También, bandejadas y tanqueadas, y una que tenía cierta protuberancia erótica: tetiadas. Se usaba en femenino y en masculino, porque así iban casi siempre los buses: tetiados.
La máxima unidad era “el resto”. Cuando a uno le decían que en la fiesta había un resto de gente, uno se preparaba para ganarse un pisotón. Y si llamaba a la casa para contar que tenía un resto de trabajo, iba a pasar la noche en vela.
El sinónimo de “resto” era “una mano”. Léase, pues, una mano de gente o una mano de trabajo. Y pasaba lo susodicho. Que no es lo mismo que lo dicho por “Suso”.
En fin, habla o jerga cundiboyacense parada ante la Torre Eiffel. Que es una estructura mucho lo grande, y ante la cual nos plantamos hoy los colombianos, no achicopalados ni esmirriados ni desguarambilados, sino chuscos y pinchaos por este jurgo, por esta mano de gloria.
Carlos Gustavo Álvarez G
Periodista
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