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No estoy de acuerdo con las vías de hecho. En particular, no me gustan los paros.

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No estoy de acuerdo con las vías de hecho. En particular, no me gustan los paros. El único que he conocido, que tuvo legitimidad y produjo un resultado benéfico para la Nación, como un todo, fue el que la ciudadanía entera adelantó en las jornadas de mayo de 1957, que condujeron al final de la dictadura de Rojas Pinilla. Todos los demás que hemos vivido han sido hechos por grupos interesados en sacarle privilegios al Gobierno de turno, en detrimento del bien común. Para la muestra, la reciente la huelga del sector que peor servicio les presta hoy a los colombianos, el judicial.
Dicho lo anterior, debo manifestar que considero legítimo el motivo del paro que realizó Dignidad Cafetera. Este no fue uno de esos ceses de actividades que solo empujan los mezquinos intereses de algún pequeño grupo de presión. Tampoco fue uno movido por intereses políticos. Este fue un paro de 560.000 empresarios, grandes, pequeños y medianos, dueños de sus medios de producción y generadores de 4 millones de empleos, que por primera vez en la historia se vieron obligados a movilizarse en masa para defender su supervivencia ante los monstruosos daños que el aparato productivo colombiano está sufriendo por un mal modelo económico.
La verdad es que aquí se trata también de la supervivencia de todo nuestro aparato productivo. La apertura torpe, ciegamente generalizada, que sufre Colombia desde hace 20 años se ha visto profundizada en el último lustro de forma tan violenta como irresponsable, exponiendo a nuestros productores a la competencia desleal de todos los productores del mundo, amparados por sus Estados. A esto se le ha añadido la brutal revaluación generada por una ‘enfermedad holandesa’ rampante, previsible desde hace varios años y fruto del mal manejo de los ingresos ocasionados por la minería y el petróleo, la cual ha sido avivada por el Banco de la República con su amor por las altas tasas de interés y los capitales golondrina.
Ante esta situación, y sin sufrir aún los daños de los innumerables TLC firmados por este Gobierno y el anterior, la pregunta no es cuáles productores están en riesgo de desaparecer, sino cuáles son los turnos. Hoy, el turno es de los cafeteros. Pero ellos no van a aceptar unos mendrugos, para simplemente prolongar la agonía, sino que buscan soluciones de fondo que eviten su desaparición.
Este es el enfrentamiento de los tecnoburócratas de Bogotá, de los talibanes de la apertura, de los defensores de un modelo económico que ha llevado a Colombia a sufrir el mayor desempleo de la región, con el país real, con quienes producen y dan empleo. Y es impensable que por mantener un modelo económico que solo busca privilegiar al sector financiero y a los extranjeros, se pueda destruir el tejido social de 500 municipios que dependen del café.
El Gobierno ofreció y, finalmente, se llegó al establecimiento de un subsidio para la producción cafetera. Este es necesario hoy, como medida de urgencia, pero no es deseable mantenerlo a largo plazo. De hacerlo, ¿cuál sería la razón para no darles subsidios a los demás sectores productivos, que no hacen paros? No. Este paro es importante porque le demuestra a Colombia la necesidad de establecer un modelo económico lógico, libre de ideologías y de imposiciones extranjeras, con el que se recuperen el empleo y la soberanía sobre su moneda y sus fronteras. Si esto se logra, el paro se habrá justificado.
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