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El reino del engaño

Es ruin no reconocer el inmenso valor de la Policía, hombres y mujeres, que se enfrentaron a los bandidos que buscaban aterrorizar a la ciudadanía. 

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Si algo demostró la marcha del 21 de noviembre es que Colombia es el reino del engaño. Para empezar, está el engaño de gran número de medios de información: noticieros hablando de ‘millones’ de manifestantes en una marcha que, con una meta de 3 millones, apenas sumó 200 mil participantes en todo el país. Gran esfuerzo por darle a esa escuálida marcha de claros fines políticos, sin planteamientos ni reclamos concretos, la trascendencia de un gran movimiento de opinión. No reconocer que impedir la movilidad o bloquear la actividad económica de los ciudadanos son actos de suma violencia. En fin, multitud de actuaciones que dejan entrever tanto los sesgos políticos de muchos de ellos como el impacto de la añoranza por la pauta oficia sobre su objetividad y ética periodística.
Y es un engaño el cuento de que esa marcha era pacífica. Desde antes de realizarla, ella estaba signada por la violencia. Sus promotores anunciaron que querían parar al país, y llovieron amenazas contra quienes no se sometieran a su voluntad. La violencia verbal antes de la marcha fue tal que las instituciones educativas del país, reconociendo el peligro que entrañaba, tuvieron que cerrar sus puertas ese día. Y a las 7 de la mañana, mucho antes de que la marcha supuestamente pacífica iniciara, ya habían bloqueado distintas vías de las ciudades, violentando el derecho a la movilidad de la inmensa mayoría de los ciudadanos, que no iban a participar en ella. La violencia acompañó a esta marcha engañosamente llamada pacífica desde mucho antes de su inicio. Nunca fue pacífica. Es monumental, además, el engaño de quienes salen a marchar bajo la ficción de que ellos son idealistas y que el vandalismo que siempre los acompaña no es culpa de ellos sino de otros manifestantes, de otra ralea, a quienes denominan ‘infiltrados’. Como si quien acolita al sicario no participara en su crimen, estas blancas palomas pretenden distanciarse de quienes se encargan de los desmanes, cuando ambos grupos son parte del mismo tinglado, cada uno con su rol. Pelos de la misma perra, los primeros fungen de idiotas útiles que les proveen el escenario y la pantalla a los segundos. Estos, en pocos cientos, son la fuerza de choque que protagoniza la barbarie que le da a la marcha la resonancia que nunca generarían su pobreza de ideas y exigua participación.
También es enorme el engaño de los politiqueros que buscan medrar a la sombra de los graves hechos de violencia generados por la marcha. Ávidos de mermelada, quieren presentarse como solución a unos reclamos dispersos e incoherentes sobre unos problemas que, si existen, son fruto de sus acciones. O el de los altos prelados de la Iglesia que buscan esconder con populismo sus problemas internos que no se han atrevido a arreglar.
Pero el peor engaño es el de quienes buscan tapar la gravedad de las asonadas perpetradas al amparo de esa marcha –y la responsabilidad de quienes la promovieron– acusando a la fuerza pública de ‘exceso de fuerza’. Es ruin no reconocer el tino e inmenso valor de esos hombres y mujeres que se enfrentaron a los bandidos que buscaban acorralar y aterrorizar a la ciudadanía. Colombianos leales a nuestras instituciones, esos policías y militares arriesgaron su integridad física para defendernos a todos. Hubo más lesionados de la fuerza pública que entre los manifestantes, y ahora los acusan. ¡Qué repugnante hipocresía!
Emilio Sardi
Vicepresidente Ejecutivo Tecnoquímicas
esardi@tecnoquimicas.com.co
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