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¿Año nuevo?

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Se supone que lo nuevo difiere de lo anterior o de lo conocido; entonces, es razonable esperar que el nuevo año traiga novedades o cambios favorables. El año que terminó trajo algunos cambios positivos, particularmente en las cifras de la economía y el empleo, con alguna incertidumbre sobre el futuro de las finanzas del Estado por las crecientes necesidades de recursos. Pero, por desgracia, lo que no ha cambiado en los años recientes, ni podemos confiar esperanzadoramente que cambiará en el presente, son los vicios políticos y los fenómenos de corrupción, que en muchos casos van de la mano.
Admitiendo que se destapan muchos casos de corrupción, los fenómenos subsisten y hay poca evidencia de sanciones. En parte, por la ausencia de una oposición seria, ponderada y organizada, que ayude a fiscalizar los actos de los agentes del Estado, ante los serios cuestionamientos a la justicia y a los organismos de control: la unilateralidad es semilla de corrupción.
En Colombia, los partidos políticos, fusionados, escindidos y reorganizados, a partir del Frente Nacional han llevado a que sus dirigentes, en mayor o menor grado, resulten oficialistas en todos los gobiernos. Ellos no cambian, cambian los gobiernos.
Con el mismo cinismo que critican vicios que han sido evidentes en sus propias actuaciones, los políticos hablan de la renovación de los partidos, pero con los mismos nombres que el país está cansado de oír y de sufrir, o su parentela. Antaño era prenda de garantía ver en las listas electorales a los descendientes de los verdaderos patricios; hoy, algunos de los parientes postulados reemplazan a sujetos condenados o buscados por la justicia. En la época de los verdaderos patricios nadie podría imaginarse que los narcotraficantes llegaran al Congreso, que los ‘paras’ criminales eligieran a sus representantes, ni mucho menos que sus voceros fueran invitados a hacer discursos en los supuestamente sagrados recintos de la democracia.
Y ha dejado de hablarse, con justificada razón, de la majestad de la justicia: la imagen con la cual se representaba está cada vez más desfigurada; ahora se caricaturiza como una vieja coja y desgreñada, presa de sus ambiciones y su politización. Los fallos ya no se anuncian en sentencias, con toda la dignidad que significa impartir justicia, sino en coloquiales declaraciones de prensa; en este país el síndrome del protagonismo ha calado muy fuerte. Y si nos atenemos a los innumerables casos publicados en los medios de comunicación, parece que no solo la política o los carruseles de las pensiones han contagiado a la justicia.
La culpa, por supuesto, es en primer lugar de nosotros los ciudadanos, porque elegimos a nuestros representantes, quienes a la vez influyen en el nombramiento de los funcionarios, incluyendo a los jueces. A manera de coletilla, está circulando en España el siguiente texto de la carta a los reyes magos: “Queridos Reyes Magos, este año me he portado muy bien, he luchado para defender mis derechos y he intentado parar las leyes injustas. No quiero que me traigáis nada, solo os pido que os llevéis muy lejos de aquí a todos los políticos, banqueros y empresarios corruptos. Muchas gracias”.
Horacio Ayala Vela
Consultor privado horacio.ayala@etb.net.co
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