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Salario mínimo, productividad y empleo

Poner al salario como sospechoso del desempleo y la inflación futuros, nos está impidiendo pensar en renovadas formas para acceder a nuevos mercados. 

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El salario mínimo convive en una fuerte tensión entre productividad y empleo. Siempre que es objeto de discusión se analiza, tanto la tendencia del primero, como el impacto sobre el segundo. Los responsables de su discusión coinciden en que debería ajustarse según la tendencia de la productividad, pero a algunos les asusta que el incremento se haga sobre su tendencia creciente, ya que el mayor salario podría encarecer la contratación y reducir la demanda laboral. De esta manera, una idea lógica y justa ha terminado convirtiendo al salario como sospechoso del desempleo futuro.
No siendo poco, los incrédulos del salario productivo han planteado también la idea de que un aumento salarial atado a la productividad podría presionar el costo de vida -inflación-. Como la inflación es objetivo de la política monetaria y el salario puede derivar en más inflación -según ellos-, todo lo que pueda afectarla debería evitarse. Así, la idea de que el salario es inflacionario ha servido entonces para que su incremento se realice más cercano a los niveles de inflación observada -IPC-, pero más lejano de la productividad.
Para acabar de impedir los aumentos por productividad se ha impuesto la idea de que el salario mínimo es alto: conclusión a la que se llega sospechosamente al compararlo con otros países. La vergüenza del planteamiento se explica por la absurda comparación, aunque también por la omisión, ignorancia o mala lectura de los problemas empresariales. Es cierto que los empresarios consideren que los costos salariales les parecen altos; pero también es cierto que no tienen a quien venderle y que les faltan mercados. Cuando una empresa no vende, todo le parece costoso.
La última Gran Encuesta Pyme reflejó que uno de los problemas de la industria, comercio y servicios es la falta de demanda. Es el mismo problema que reiteradamente se observa en la Encuesta de Opinión Conjunta de la Andi. Esto crea una perspectiva empresarial pesimista y tal vez explique el casi nulo interés por contratar más personal en los próximos 5 años, tal como también se evidenció en los resultados de la Encuesta.
Llama la atención que dentro del conjunto de problemas que señalan los empresarios no aparezca el costo de la mano de obra o el alto salario que deben pagar; luego nótese bien entonces que el empleo futuro, la mayor producción, e incluso, el aumento de las utilidades no están por el lado del salario, sino por el lado de más mercados. Quienes creen que el salario es inflacionario pueden estar ponderando mal el impacto del salario sobre consumo.
Estos resultados tienen que llevarnos a pensar que los nudos del empleo, la competitividad y la productividad no están en el salario, sino en la falta de mercados que hagan crecer la demanda para las empresas, donde juega un papel sustantivo el salario. Seguir poniendo al salario como sospechoso del desempleo y la inflación futuros nos está impidiendo pensar en renovadas formas para acceder a nuevos mercados y profundizar los existentes; pero sí nos ha metido en una compleja situación de precariedad laboral, débil competitividad, empobrecimiento laboral e ineficiencias productivas.
Jorge Coronel López
Economista y profesor universitario.
jcoronel2003@yahoo.es
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