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Los tiempos de la paz

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Transcurridos dos años desde que se iniciaron las negociaciones en La Habana, es difícil conjeturar si se avanza con firmeza hacia el fin del conflicto. Las señales son ambiguas.
Razones hay para creer que así es. Al margen de la opinión que sobre ellos se tenga, los tres borradores que se han divulgado apuntan en esa dirección. La presencia en Cuba de buena parte de la comandancia guerrillera indica que se está apretando el paso. Al parecer, se ha abandonado la negociación secuencial para abordar todos los temas que faltan de manera simultánea: fin del conflicto, reparación de víctimas y refrendación de los acuerdos.
Militares de alto rango recientemente retirados, a los que he podido escuchar, sostienen que la dirigencia guerrillera ha llegado a un punto de no retorno. Saben que su anhelo de toma del poder por las armas es imposible, que la vía democrática, como lo pueden apreciar en otros países de la región, es promisoria. Y que ya están viejos para combatir.
Sin embargo, hay también motivos para el pesimismo. Apenas suscritos los ‘borradores’ de acuerdo, las Farc se han apresurado a divulgar documentos de ‘salvedades’ de tal calado, que pareciera que no hay intención seria de negociar. Su discurso maximalista no da trazas de ceder. Podría pensarse que lo emiten para la ‘galería’ –sus frentes armados y sus bases civiles de apoyo–, como elementos de la estrategia del posconflicto, pero su contenido alarma y ofende a los sectores mayoritarios de la población que los teme y odia.
Si el balance de las conversaciones habaneras arroja algunas luces de esperanza, en el frente interno la situación luce francamente complicada. En primer término, por el enorme grado de polarización entre amigos y adversarios del proceso, que conduce a la adopción de posiciones radicales que el eventual acuerdo de La Habana podría fracasar. Graduar de enemigos de la paz a quienes tienen críticas o dudas a nada bueno conduce. Tampoco la afirmación de que en su afán por negociar, el Gobierno hace concesiones excesivas.
Otra dificultad complicada de superar deriva del mecanismo de refrendación popular definido por el Gobierno: un referendo constitucional que validaría políticamente el acuerdo y aprobaría las reformas constitucionales que sean necesarias; su celebración coincidiría con otro evento electoral.
Para que pueda convocarse un referendo se requiere que el acuerdo ya se haya suscrito. Esa convocatoria debe hacerse por medio de una ley, la cual requiere convalidación por la Corte Constitucional; estos trámites demoran al menos un año. Como todavía la negociación no ha concluido, la ley de convocatoria al referendo no se puede presentar. Por lo tanto, la posibilidad de que los ciudadanos podamos votar el referendo de paz con motivo de las elecciones regionales de octubre del 2015, son cercanas a cero.
La siguiente fecha del calendario electoral será marzo del 2018, cuando se realizarán las elecciones parlamentarias. Para entonces, faltarán dos meses para la elección del nuevo presidente. Si el proceso lograra subsistir hasta esa época, su suerte dependerá, más de quienes aspiren a ser elegidos en esos comicios, que del presidente Santos y los actuales congresistas.
Se requiere tender puentes y resolver la problemática sobre el mecanismo de refrendación. Y, se me olvidaba, muchísima más pedagogía.
Jorge H. Botero
Presidente de Fasecolda
jbotero@fasecolda.com
 
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