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Globalización con problemas

La victoria de Donald Trump pone en riesgo tres importantes acuerdos comerciales a nivel mundial. 

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Tradicionalmente, se había creído que la globalización generaba más producción, mejores empleos, salarios elevados y precios más bajos no solo para los países más ricos, sino para las economías en desarrollo. Esa apreciación ha cambiado en los últimos tiempos, y mucha gente está mostrando su indignación al ver que los puestos de trabajo son reemplazados por máquinas, las industrias tradicionales desaparecen y las oleadas de migración perturban el orden establecido.
El efecto de esas preocupaciones se puede ver en acontecimientos recientes como el ‘Brexit’, en el Reino Unido, marcado por la inmigración, el triunfo de Donald Trump en las elecciones presidenciales, que ha revivido la retórica del proteccionismo en Estados Unidos, y las manifestaciones masivas en Europa contra futuros acuerdos comerciales internacionales, siendo la más reciente la oposición de Bélgica Valona al tratado de la Unión Europea con Canadá (Ceta).
Los argumentos sobre el declive del sector manufacturero en EE. UU. potenciaron gran parte del debate en las elecciones de este país. Parte del descenso se debe a los TLC que ha provocado el traslado de puestos de trabajo a otros países. Las solas importaciones chinas explican el 44 por ciento de la pérdida de empleo en manufacturas en EE. UU. entre 1990 y 2007.
La victoria de Trump no solo plantea una renegociación de los tratados existentes, como el Nafta, sino el freno a la negociación de los tres ‘mega acuerdos’ que se estaban adelantado para avanzar en los procesos de desregulación de la economía internacional y en el despliegue global de los grandes capitales: el Acuerdo Transatlántico para el Comercio y la Inversión, negociado entre EE. UU. y la UE, el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica, con participación de 12 países (tres de ellos de América Latina), y el Acuerdo sobre el Comercio de Servicios, en el que participan más de 50 naciones, siete de Latinoamérica, incluyendo a Colombia.
En todos los países ese descenso se ha producido también por el retraso tecnológico. La economía digital ha estimulado un proceso de automatización y la puesta en marcha de sistemas de producción y comercialización más eficientes. El cambio tecnológico y económico ha afectado a zonas geográficas específicas que tuvieron problemas para desarrollar nuevas industrias y crear nuevos empleos.
Además, el aumento de la oposición política a la globalización ha coincidido con la creciente reducción del comercio mundial desde la crisis financiera del 2008. Entre el 2012 y el 2015, esa tasa se ha situado en un promedio del 3,2 por ciento, y se espera que crezca solo 1,7 por ciento este año. Si el estancamiento sigue se convertirá en la mayor reducción desde la Segunda Guerra Mundial.
La causa del descontento de la globalización es que sus beneficios no son planos, ni en el ámbito interno ni en el internacional, y no favorecen por igual a toda la población. Para ayudar a solventar esos problemas hay que activar la economía mundial. Los gobiernos tienen que comprometerse a aprobar paquetes de estímulo fiscal para hacer que sus economías marchen de nuevo.
Manuel José Cárdenas
Consultor internacional
manueljcardenas@gmail.com
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