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Los partidos por encima de la patria

En otras épocas la paz era primero que los intereses de los partidos políticos, hoy se han volteado las prioridades.

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Si en otras épocas, la célebre consigna “la Patria por encima de los partidos” se utilizó para anteponer el bien supremo de la paz a los intereses de los partidos políticos, hoy se han volteado las prioridades y las ambiciones electorales de algunos partidos –o lo que es peor, el ego de sus caudillos– se han convertido en un obstáculo a la paz.
Hace más de un siglo, el general Benjamín Herrera usó dicha consigna para convencer a sus copartidarios de que firmar el tratado de paz, que puso fin a la sangrienta Guerra de los Mil Días, no era una traición a los principios del Partido Liberal. Medio siglo después, se pudo apaciguar la violencia liberal-conservadora cuando los dirigentes máximos de los dos partidos aceptaron repartirse el poder en el pacto de Stitges; eso sí, dejando por fuera a las demás coaliciones, y sin resolver el problema de la tierra.
Para esos dirigentes era claro que lo que era bueno para la patria era bueno para sus partidos, y que solo si los colombianos vivíamos en paz y dejábamos de matarnos por ideologías partidistas, podía lograrse la prosperidad de la nación e incluso seguir haciendo política.
Hoy, la patria y la paz han dejado de ser el interés prioritario y han sido reemplazados por el objetivo de volver al poder en el 2018, y, sobretodo, de derrotar a Santos y no permitirle que consolide su propósito de acabar el conflicto armado con las guerrillas. A tal punto llegan las pasiones, que se adopta la postura extrema de que con tal de que a Santos le vaya mal, no importa que al país le vaya mal. No es la actitud heroica de Sansón, que acepta morir para que mueran sus enemigos filisteos, sino la del envidioso que prefiere perder algo con tal de que su adversario no lo tenga.
Los ejemplos abundan. Es el secreto regocijo que dejan traslucir al saber que Colombia perdió la demanda contra Nicaragua y una parte del archipiélago de San Andrés y Providencia; es la fruición con que transmiten la noticia de un ataque guerrillero, insensibles ante el dolor de los familiares de los soldados muertos; es la amnesia con que critican la pérdida de billones de pesos en Reficar.
Todos tenemos algún conocido de quien recibimos cientos de mensajes con las malas noticias políticas económicas o sociales, pero nunca con una noticia positiva. Bienvenidas sean las malas noticias si contribuyen a deteriorar la imagen del presidente, así perjudiquen al país.
El colmo de esa actitud antipatriótica es cuando no solo difunden una mala noticia, sino que contribuyen a crearla. Como la reportera irresponsable que, haciéndole el mandado a los envidiosos, genera la sospecha de que el parlamento noruego se dejó comprar para otorgar el Premio Nobel de la Paz.
Peor aún, los expresidentes que, resentidos y frustrados por no haber logrado ellos la paz ni el nobel, aprovechan sus buenas relaciones con la extrema derecha de Estados Unidos para irse para allá a hablar mal del país y hacer cabildeo para que nos suspendan la ayuda económica. Eso va más allá de poner los partidos por encima y raya en traición a la patria
Coletilla: en la película El Exorcista, un sacerdote jesuita logra sacar los demonios que poseían a la pequeña Regan; en la vida real otro jesuita, el papa Francisco, no pudo exorcizar los demonios de la soberbia y la envidia que atormentan al expresidente, y la patria seguirá sufriendo las consecuencias.
Mauricio Cabrera G.
Consultor privado
mcabrera@cabreraybedoya.com
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