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Crear valor en el campo, pero pensando diferente

No podemos repetir nuestra historia por no conocerla, por el temor a equivocarnos o por el
temor al fracaso. 

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Sin duda el potencial agrícola, pecuario, piscícola y forestal del país es enorme, pero resulta indispensable buscar mecanismos innovadores para transformar las materias primas y ofrecer servicios que generen un mayor valor agregado y que nos permitan crecer y reducir la pobreza y la inequidad. Hoy nos estamos peleando por una tajada cada vez menor del comercio mundial, que no nos va a permitir incrementar nuestra participación ni generar excedentes de capital.
Desde finales del siglo XX, varios países desarrollados y algunos de los emergentes, especialmente los asiáticos, han destinado recursos importantes a las políticas que promueven la investigación y el desarrollo dado el impacto del conocimiento y de la información en el crecimiento económico. Esto ha sido estudiado por diversos economistas como el austriaco Joseph Schumpeter y los norteamericanos Robert Solow y Paul Romer, quienes plantearon la importancia de los factores intangibles para incrementar la producción y generar valor.
Hoy, afortunadamente, el conocimiento ya es considerado un elemento importante para lograr un mayor crecimiento económico, y sistemáticamente ha sido incorporado en la producción de bienes y servicios transformando los procesos económicos y sociales. Es decir, la información, la tecnología y el aprendizaje resaltan la importancia de aprender, cambiar y adaptarse en un mundo cada vez más dinámico y complejo. De esta forma, diversas entidades, como el Banco Mundial y la Ocde, promueven la economía del conocimiento en la cual, como su nombre lo indica, se genera valor a través del uso intensivo de la información, la tecnología y el conocimiento.
Esto sin duda plantea un gran reto, pero también un sinnúmero de oportunidades para países como Colombia en donde la inversión en investigación, desarrollo y tecnología es todavía muy precaria. Si nos comparamos con algunos de los países vecinos, mientras Brasil invierte el 1,21% del PIB en investigación y desarrollo, Argentina el 0,65%, Costa Rica el 0,48%, México el 0,43%, Chile el 0,42% y Panamá el 0,2%, en Colombia tan solo representa el 0,17% del PIB, según el instituto de estadística de la Unesco.
Dado que la diferencia entre los países será la innovación, resulta fundamental entrar en la economía del conocimiento y lograr que Colombia, entre otras, deje de ser un exportador de materias primas y se transformarme en un exportador de productos y servicios con valor agregado. Y esto se vuelve especialmente importante en el sector agropecuario y rural si realmente queremos una paz viable y duradera.
Análogo a lo planteado hace algunos días por el ministro mexicano de Agricultura, debemos apostarle a un campo de valor en el cual la empresa privada debe tener un papel cada vez más activo. En línea con los datos del último censo nacional agropecuario elaborado por el Dane, y conforme a las políticas del Ministerio de Agricultura y Desarrollo Rural y de la Unidad de Planificación Rural Agropecuaria (Upra), debemos sembrar lo que toca en donde toca acorde a la aptitud del uso del suelo, aprovechando nuestras ventajas competitivas y partiendo de la demanda de tal forma que se garantice la siembra de los productos cuya comercialización esté asegurada, y en los cuales se pueda innovar y generar valor agregado. Se debe trabajar articuladamente con las universidades, los gremios y las cadenas productivas, desde la producción primaria hasta el consumidor final, reduciendo las intermediaciones y cuestionando y analizando de manera permanente los procesos y procedimientos habituales mediante los cuales se llevan a cabo las diversas actividades.
Según Colciencias, la innovación es un cambio asociado al uso de un producto (bien o servicio) o de un proceso, nuevo o significativamente mejorado, o a un método de comercialización o de organización nuevo aplicado a las prácticas de negocio, a la organización del trabajo o a las relaciones externas. De esta forma, la innovación es un proceso incesante que, en términos de los emprendedores, debe repensarse continuamente.
Sin embargo, no estamos haciendo el esfuerzo necesario para diversificar la economía y disminuir la dependencia de las materias primas. No podemos seguir siendo un país dependiente de las regalías mineras y petroleras porque, como ya lo ha planteado la Contraloría General de la República en su Boletín Macrofiscal, no son recursos permanentes y la inversión en las regiones del país hoy depende en gran medida de dichos ingresos. Por supuesto, se requieren políticas de largo plazo, que usualmente no generan réditos políticos y por ende riñen con los plazos electorales, y es nuestra responsabilidad, desde las actividades diarias de cada uno de nosotros, motivar el cambio de los incentivos, para que las decisiones que se tomen sean de decisiones de estado y no de gobierno.
Como alguna vez lo dijo Albert Einstein, es una locura hacer la misma cosa una y otra vez esperando obtener diferentes resultados. Y ahí está nuestro desafío. Debemos apostarle a la educación y a la innovación y empezar a generar valor pensando diferente. No podemos repetir nuestra historia permanentemente por no conocerla, por el temor a equivocarnos o por el temor al fracaso. Debemos aprovechar todas nuestras capacidades y nuestras fortalezas para generar conocimiento y transformarlo en riqueza y, principalmente, debemos perseverar.
Francisco Solano
Expresidente del Banco Agrario
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