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El lujo de la lealtad

El leal cuenta siempre con el lujo de la simpatía de los otros, incluso pudiendo estar equivocado. 

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El teniente Cerezo hacía parte del destacamento español que llegó para apoyar a las fuerzas que pretendían controlar el alzamiento cerca de Manila. Junto con cincuenta y seis hombres más, terminó apostado por once meses en la iglesia de Baler, a unos doscientos kilómetros de la capital.
El imperio venía en decadencia y, a finales del siglo XIX, solo quedaban colonias como Cuba, Puerto Rico, Guam y Filipinas. Estados Unidos afloraba como poder naciente, más allá de sus fronteras, y comenzó a ayudar a los insurgentes con armas y dinero para que se independizaran de España. Los filipinos reaccionaron y poco a poco los españoles fueron perdiendo control. El grupo de valerosos soldados acometieron su tarea, dispuestos a dejar la piel por defender a su madre patria, aunque fuera a miles de kilómetros de distancia. Allí resistieron sin agua potable, a punta de balas, garbanzos, habichuelas, sardinas y arroz.
Era julio de 1898. Los soldados aguantaron trescientos treinta y siete días en una pequeña edificación, esperando refuerzos que nunca llegaron, creyendo que España aún gobernaba Filipinas. Se las arreglaron como pudieron. Arrancaron baldosas del suelo para fabricar un horno para cocinar, hicieron una letrina en un corral anexo al edificio y excavaron en la tierra para construir un pozo del cual lograron sacar agua para beber.
A finales de ese año, España había cedido ante las pretensiones de Estados Unidos y la incapacidad de lidiar con la insurgencia del último territorio de sus colonias. Desde entonces, por varios medios, unos y otros trataron infructuosamente de disuadir a los patriotas de que todo había terminado. Sin embargo, los soldados se negaban a capitular porque pensaban que se trataba de un engaño.
El combate fue caballeroso e incluso se intercambiaron regalos. Los filipinos les enviaron cigarrillos y en ocasiones suspendieron las hostilidades para que las tropas descansaran. Los españoles a cambio mandaron una botella de jerez.
Una mañana, luego de casi un año, en las puertas del templo encontraron unos periódicos. En un impreso español, el comandante leyó una nota que mencionaba el traslado a Málaga de un teniente amigo, quien había pedido hacía tiempo dicho destino, lo cual no podía ser inventado por nadie. Así comprendió que todo lo que se venía diciendo era verdad y decidieron rendirse. El gobierno de Filipinas los respetó y fueron recibidos en España con honores. La valentía en Baler convirtió a los sobrevivientes en héroes.
Una historia memorable que ilustra la gratitud y el reconocimiento a la lealtad, aun cuando la acción misma haya sido inocua. Valoramos la fidelidad a los principios morales, a los compromisos establecidos o hacia alguien. Por ello la lealtad en ocasiones se convierte en eximente de errores y equivocaciones.
Lo que premiamos es la disposición a cumplir, no el impacto real de haber cumplido. El leal cuenta siempre con el lujo de la simpatía de los otros, incluso pudiendo estar equivocado.
Jaime Bermúdez
Excanciller de Colombia
jaimebermu@gmail.com
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